viernes, 21 de marzo de 2014

LA CRUZ CRISTIANA.

RyoanJi-Dry_garden


En el Japón hay piedras cerca de un templo en la ciudad de Kyoto. Según la tradición, allí hay quince piedras de distintos tamaños, que simbolizan los problemas básicos de la humanidad. Cada visitante elige cuales son. Lo curioso es que las piedras están ordenadas de tal modo que no se pueden ver todas al mismo tiempo.

“Es imposible ver todas las piedras al mismo tiempo”, es imposible abarcar todas las dificultades que surgen a lo largo de la vida. Todos los problemas básicos de la humanidad los podemos englobar bajo la palabra cruz.

La cruz no ha sido un invento del cristianismo; es un hecho de nuestra condición humana. Por el simple hecho de ser vivientes, nos acompaña a cualquier edad, en los trabajos, en la convivencia. Otras, son producto del pecado: droga, dinero, juego, placer, envidia, poder, fama…

La cruz en sí misma no tiene ningún valor, inclusive es negativa y destructora. Ella nos habla del poder del mal. Este es fuerte y aparece persistente en forma de violencia, injusticia, materialismo y miseria. Muchos sufren todo este tipo de cruces y quisieran acabar con el mal para transformar la historia y lo único que pueden percibir, es una total impotencia ante los tentáculos del mal organizado.

Además de las cruces que nos vienen por nuestra condición humana y por el pecado, hay otras que son consecuencia del ser cristiano. La cruz cristiana es el precio que hay que pagar por la conversión de renuncia a vivir “según la carne” (Mt 18,8). La fidelidad al reino de Dios conlleva la cruz de Cristo.

La Iglesia y el cristiano deben caminar por el mismo camino que Cristo, es decir, por el camino del servicio y del amor. “Como Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino; …así también, la Iglesia, aunque necesita de medios humanos para cumplir su misión, no fue instituida para buscar la gloria terrena, sino para proclamar la humildad y abnegación, también con su ejemplo” (Vaticano II).

La cruz cristiana encierra una fuerza redentora. Para Juan de la Cruz no es sencillamente sufrimiento, sino gloria de Dios anticipada. En ella triunfa Jesús y desde entonces se ha convertido en signo de salvación Todo aquel que la mira con ojos de fe y ve en ella a Jesús, podrá tener la misma actitud de los apóstoles en las horas de prueba: “Ellos se fueron contentos de la presencia del Consejo, porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús” (Hch 5.41).

La cruz que debemos cargar, es la que brota del amor. Tenemos que ser, pues, cirineos para poder aliviar los sufrimientos y cargas de los otros.

lunes, 17 de marzo de 2014

DIOS ES UN DIOS DE PERDÓN.



Todos conocemos esta parábola, la del padre que tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna… No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente… Pero un día el hijo se arrepintió y volvió a casa. El padre, que era bueno, le recibió con los brazos abiertos y le organizó una fiesta.

El hijo pequeño, ciego y atolondrado, huye de casa, sin conocer el corazón del padre. En realidad no se sabe el por qué este alejarse de la casa del Padre. ¿Estaba cansado de estar en el hogar? ¿Había seguido el ejemplo de algún otro joven? ¿Se dejó llevar de la fantasía? No sabemos, el caso es que se fue y trató de olvidarse del Padre.

El protagonista de esta parábola no es el hijo, es el corazón del Padre, con un amor incondicional, incluso, parece demasiado bueno, que respeta la decisión alocada del hijo, que huye en busca de placeres sin saber qué rumbo tomar. Calla y les deja hacer. “Y el Padre les repartió la hacienda” (Lc 15,12). Podemos olvidarnos de Dios, pero Él jamás se olvida de nosotros. Dios nunca nos abandona, por mucho que corramos. Él va siguiendo nuestros pasos. Un hijo puede olvidarse de su madre, pero la madre no se olvidará nunca de su hijo; pues aunque ésta se olvidará, Dios no se olvidará (Is 49,15-16).

El padre sufría y amaba en silencio. Ante esta parábola surgen muchas preguntas: ¿por qué le dejó marcharse?, ¿por qué le dio el dinero para malgastarlo? Quizá la respuesta la podemos encontrar en Paoli: “En el contexto del evangelio, Dios no se presenta como el padre que cierra la puerta para que los hijos no salgan de noche, sino como la luz que ilumina, la brújula misteriosa que orienta al ser humano en sus elecciones, que no lo abandona en el peligroso ejercicio de la libertad, que crea nuevas perspectivas de liberación, y se resarce finalmente en una conclusión que parecía desastrosa. El padre sólo puede ayudar siendo un modelo…”.

El padre no abandonó a su hijo, aunque se quedó en casa, su corazón seguía palpitando con él, pues el amor no se puede encerrar en unas paredes y no sabe de distancias. El padre ve al hijo desde lejos y siempre está dispuesto al encuentro. El padre esperaba con amor la vuelta del hijo. El padre de la parábola es Dios. En ella se presenta el amor misericordioso de Dios. Y Dios es un padre que: respeta, sufre, acoge, perdona, que tiene entrañas de misericordia y toda su riqueza está en sus hijos y es para ellos. ¡Grande es el amor del padre! El padre cubre al hijo con su amor como si fuera un vestido de fiesta. En el vocabulario del padre figuran palabras como “alegría”, “fiesta” e “hijo”, y también “nuevamente vivo”, mientras que en el vocabulario del hijo destacan palabras como “hambre” y “miseria”, “algarrobas”, “cerdos” y “jornaleros”. El hijo es acogido ahora en el mundo del padre.

Los pasos del hijo menor fueron los siguientes: se marchó de casa, despilfarró la fortuna, empezó a sentir hambre, recapacitó, decidió volver a casa. El hijo menor vuelve a casa, más que por el arrepentimiento, por interés, por el hambre que pasaba: “se moría de hambre”. Cuando ya estaba cerca de su casa, el padre lo vio y, profundamente conmovido, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos. El padre, que es todo amor y ternura, lo acoge con gran alegría y le devuelve: anillo, sandalias y prepara una fiesta... El gozo paterno es enorme, pues ha recuperado al hijo que estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo ha encontrado.

Esta parábola ha tocado y seguirá tocando el corazón de muchos padres e hijos, pues es una realidad de muchos hogares. “De todas las palabras de Dios ésta ha despertado el eco más profundo… Desde hace miles de años viene haciendo llorar a innumerables personas… Y el que lo oye por centésima vez es como si lo oyera por primera vez” (Péguy). Y en esta parábola, al final, triunfa el amor.

sábado, 15 de marzo de 2014

UN AÑO DE MISERICORDIA.


El 13 de marzo hizo un año de la elección del Papa Francisco. Ha sido un año de sorpresas evangélicas. Su ejemplo, su estilo cercano, su gran humanidad, ha cautivado el corazón de los de dentro y de los de fuera del catolicismo: protestantes, judíos, musulmanes. Su alegría, “La Alegría del Evangelio”,  llega a todos los rincones del mundo. Muchos auguraban que la “Franciscomanía” no duraría mucho tiempo, sin embargo se han equivocado.
 Por supuesto que encuentra gran oposición entre los conservadores, que creen que va muy rápido, y aquellos que les gustaría  que fuera más apresurado; pero lo cierto es que el entusiasmo mediático le sigue acompañando. 
P.M. Lamet, traía un artículo en el Mundo, el día 12 de marzo en el que hablaba de los tres amores del Papa.
El primero y más determinante, decía,  es su amor al Jesús del Evangelio, que se ha traducido en no abandonar el tiempo dedicado a la unión con él. De ahí emana la importancia concedida a la alegría y la misericordia, especialmente hacia los pobres, los enfermos, los marginados, los niños, los emigrantes…
Su segundo gran amor es la Iglesia, que concibe de forma más colegial que sus predecesores, con sabor a Vaticano II. Quiere descentralizar el "ministerio petrino" y ha reforzado la universalidad con el nombramiento de su G-8 cardenalicio.
Su tercer amor es a la gente, primero la de la calle, a la que se dirige con un lenguaje accesible de signos y palabras, y a la que muestra un camino de esperanza y optimismo. De ello se deduce que el diálogo con todos, los teólogos, las otras confesiones, la cultura y el mundo secular se haya revitalizado después de años de involución y de actitud de condena.
 EL 6 de marzo del 2014 Religión Digital  contaba una anécdota simpática sobre el papa Francisco. En una audiencia a los párrocos de Roma Francisco destacó la importancia de la "misericordia" entre los sacerdotes.
 
Para ello contó la historia del padre Aristide, argentino, a quien visitó en a la capilla ardiente y se sorprendió de que no hubiera nadie, sólo un par de ancianas velándole.
Entonces, explicó, fue a comprar unas flores y las colocó al lado del féretro y no pudo resistirse al ver la cruz del rosario que el sacerdote estrechaba entre sus manos y "poco a poco" y sin ser visto la arrancó y se la metió en el bolsillo y siempre la lleva consigo.
"Cuando me viene un mal pensamiento sobre alguien me llevo siempre la mano al pecho para tocar esa cruz", afirmó.
Preguntado en una entrevista si “La ternura y la misericordia son la esencia de su mensaje pastoral?
 

Respondió: “Y del Evangelio. Son el corazón del Evangelio. De lo contrario, no se entiende a Jesucristo, ni la ternura del Padre, que lo envía a escucharnos, a curarnos, a salvarnos”.
¡Ojalá este Papa siga contagiando sus amores: al Evangelio, a la Iglesia y a los pobres!

jueves, 13 de marzo de 2014

DIOS ES MISERICORDIOSO.

DIOS ES MISERICORDIOSO

 El día 5 de marzo iniciábamos el tiempo de Cuaresma con el Miércoles de Ceniza. Cuaresma es el tiempo en el que celebramos la misericordia de Dios. 

Dios es un Dios misericordioso. Su misericordia de Dios es desbordante, no la podemos medir ni comprender porque es infinita. La misericordia de Dios es universal, abarca a todo viviente, hasta los más rebeldes (Rm 11,30-32); su misericordia dura por siempre, aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará el Señor (Is 54,10); siempre perdona, destruye nuestras culpas, arroja al fondo del mar todos nuestros pecados (Mq 7,8). Él es clemente y misericordioso, tardo a la ira, grande en clemencia, y se arrepiente de castigar. Su misericordia es y llega a sus fieles generación tras generación (Lc 1,49) y nos dio vida con el Mesías (Ef 2,4).

El Salmista exalta las grandes misericordias del Señor, pues ama y consuela como una madre ama y consuela a sus hijos; protege a sus hijos como el águila a sus polluelos; perdona, cura, libera, colma de gracia y de ternura a sus hijos. El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas (Sal 145,8-9), está pendiente de todos y los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre (Sal 33,18-19).

Dios es misericordioso. “Es propio de Dios usar misericordia; y en esto, especialmente, se manifiesta su omnipotencia” (santo Tomás). Y el mismo santo añade: “Se debe atribuir a Dios la misericordia en grado máximo, no por lo que tiene de pasión, sino por su eficiencia”. A Dios no le cuesta perdonar, es su oficio. “No es nada delicado mi Dios, no se fija en menudencias. No es nada minucioso para tomarnos cuentas, sino generoso; por grande que sea la deuda, no le cuesta perdonarla. Para pagarnos es tan mirado, que no tengáis miedo de que un alzar de ojos acordándonos de Él, deje sin premio” (Santa Teresa).

Si la bondad de Dios comunica los bienes a sus criaturas; la justicia de Dios concede los bienes en proporción a lo que corresponde a cada ser. Conceder los bienes y perfecciones para remediar las miserias y defectos de las criaturas, sobre todo en el hombre, es obra de su misericordia.

Juan Pablo II, que ya había escrito una Encíclica sobre la Misericordia de Dios, la “Dives in misericordia”, pronunció en Polonia una homilía en la consagración del santuario de la Divina Misericordia en la que decía:

“…Por eso, venimos hoy aquí, al santuario de Lagjewniki, para redescubrir en Cristo el rostro del Padre: de aquel que es ‘Padre misericordioso y Dios de toda consolación’ (2 Co 1,3). Con los ojos del alma deseamos contemplar los ojos de Jesús misericordioso, para descubrir en la profundidad de esta mirada el reflejo de su vida, así como la luz de la gracia que hemos recibido ya tantas veces, y que Dios nos reserva para todos los días y para el último día”.

Dios es misericordioso. “Sea su nombre bendito que en todo tiempo usa de misericordia con todas sus criaturas” (santa Teresa). Quien se parece a él, quien se precia de ser su hijo, tendrá que aprender a vivir en la misericordia, ser misericordioso como es él.

jueves, 23 de enero de 2014

CAMINO HACIA LA UNIDAD.


El 10 de noviembre de 1989 se celebraba la caída del muro de Berlín. Fue la reconciliación de las dos Alemanias, un ejemplo a seguir, porque fue como una bocanada de aire puro, de confianza que corría por nuestras venas.


Sin embargo, hay que reconocer que los seres humanos estamos acostumbrados a levantar muros y los muros siempre dividen y matan. Cuando no hay entendimiento, cuando ya sobran las palabras, usamos murallas para separar propiedades, naciones, ideologías. Unos muros son de cemento y los otros, los más peligrosos, los psicológicos. Separamos a los seres humanos por su color, por su ideología, por la economía y por la religión. Y si toda división es un escándalo, lo es mucho más que los cristianos estén divididos.

La división y la lucha entre cristianos estaba profundamente arraigada en las personas. Torrente Ballester menciona que los niños de su pueblo apedreaban la iglesia protestante mientras decían: “¡Fuera, fuera, protestantes, fuera, fuera de nuestra Nación, que queremos ser amantes del Sagrado Corazón!”.

Jesús, sin embargo, pidió al Padre por la unidad de todos y nos recalcó la necesidad del buen entendimiento. Antes de ir a la cruz el Maestro oró así: “Que todos sean uno, como Tú, Padre, en mí y yo en ti, que también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,2).

San Pablo exhorta a la Iglesia en general a enriquecer su vocación de unidad. Un cuerpo, un espíritu, un señor, una fe, un bautismo, un Dios y padre de todos (Ef 4,1-16).

La apertura de la Iglesia Católica al Movimiento Ecuménico para con la iglesia Evangélica es muy reciente. Hasta el Pontificado de Juan XXIII, la posición prevaleciente era de desconfianza, y hasta la hostilidad para con los esfuerzos por la unidad.

En 1952 se fundó la Conferencia Católica para las Cuestiones Ecuménicas. Su primer secretario fue el holandés Juan Willerbrans. Juan XXIII, el Papa bueno, el 25 de enero de 1959, hablando del Concilio que iba a comenzar, dijo: “No haremos ningún proceso histórico; no buscaremos quién se equivocó o quién tuvo razón. Diremos solamente ¡Reconciliémonos!” En el año 1963 muere Juan XXIII, fue un duelo universal; su figura es sinónimo de entendimiento, paz, diálogo, amistad entre los seres humanos. En el año 1965 Pablo VI se encarga de concluir el Concilio Vaticano II, iniciado por el Papa Juan XXIII.

El Vaticano II dio un gran cambio en este campo al afirmar que la Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia Católica y que Dios ha sacado el bien de todas las debilidades humanas y divisiones. Gracias a Dios existe hoy un respeto por las otras iglesias y se tiende a la unión de todos los cristianos ya que la división en la Iglesia es un terrible enigma y un gran escándalo para la humanidad.

El movimiento ecuménico busca raíces en el sentir de Jesucristo, “para que todos crean” (Jn 17,21). La palabra Ecumenismo viene del adjetivo griego “Oíkoumene” que significa “el orbe habitado”, esta palabra inspiró el movimiento que desde finales del siglo XIX intenta promover la unidad de los cristianos divididos. Cada año se celebra la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que tradicionalmente se celebra del 18 al 25 de enero. En la celebrada en el 2007 el Papa Benedicto XVI afirmaba:

“La unidad es un don de Dios y fruto de la acción de su Espíritu. Por eso, es importante rezar. Cuanto más nos acercamos a Cristo, convirtiéndonos a su amor, más nos acercamos también los unos a los otros”. Por la historia y por la experiencia tenida en los últimos años podemos afirmar que el camino de la unidad no es fácil. Ya lo decía Benedicto XVI: “El camino de la unidad de los cristianos es ciertamente largo y no fácil, pero no hay que desanimarse sino seguir recorriéndolo, contando con la ayuda de Cristo”.

jueves, 16 de enero de 2014

Abrir los ojos.

«Un viejo rabino preguntaba en cierta ocasión a sus alumnos cuándo se sabe el momento en que se acaba la noche y comienza el día... Después de varias respuestas de los alumnos, dijo el maestro: Cuando al mirar el rostro de cualquier hombre, tú reconozcas a tu hermano o a tu hermana. Hasta que no llegue ese momento, seguirá siendo noche en tu corazón».
Es difícil reconocer al hermano, especialmente al hermano pobre, solo y abandonado. Es necesario abrir los ojos para darse cuenta de que tenemos pies y manos para poder auxiliar a los otros. Todo ha sido creado por Dios. El mundo es la obra de sus manos (Sal 18, 2). Su mano ha estado siempre cercana al elegido, al necesitado, para ejercer siempre la acción salvadora de su poder.
Dios no solamente escudriña los corazones, sino que parece que también sabe leer las manos, lo que hay reflejado en ellas. Algunas son merecedoras de queja. No le agradan las vanas ofrendas. Aparta los ojos cuado alzan las manos, porque están llenas de sangre (Is 1, 15). Hay que purificar y limpiar el corazón para que así lo estén las manos y se pueda orar elevando al cielo unas manos piadosas (1Tim 2, 8). La mano que recibe el cuerpo de Cristo se necesita para socorrer al hermano necesitado de su calor y del fruto de sus trabajos. Cuando alargamos nuestras manos para ofrendar, es porque nuestro corazón no está atrofiado. Para que éste no muera, es preciso renovarlo cada día con firmeza e interés, pues «el amor que no está brotando continuamente, está muriendo continuamente» (Jalil Gibran).
El Padre quiere que nos tratemos como hermanos, que sepamos convivir, que sigamos sus caminos y seamos capaces de hacer arados forjados de las espadas, podaderas de las lanzas, sembrar campos de trigo y arroz para saciar el hambre de los campos de minas. Esto es trabajar en el reino de Dios, que es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo (Lc 13, 18. Jesús nos necesita, cuenta con nuestras manos, pies, labios... Somos el único Evangelio que la gente puede leer, si nuestras vidas son obras y palabras eficaces.
Dios, nuestro Salvador, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad (Tm 2, 34). Y María exclamó: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38).
Lo mismo dijeron muchos creyentes que se abandonaron en las manos del Señor. «Padre: me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea, te doy las gracias Estoy dispuesto a todo. Lo acepto todo, con tal que tu plan vaya adelante en toda la humanidad y en mí. Ilumina mi vida con la luz de Jesús. No vino a ser servido, vino a servir. Que mi vida sea como la de él: servir. Grano de trigo que muere en el surco del mundo. Que sea así de verdad, Padre. Te confío mi vida. Te la doy con todo el amor de que soy capaz. Me pongo en tus manos, sin reservas, con una confianza absoluta porque tú eres... mi Padre» (Foucauld).
La palabra amén significa la seguridad y confianza de un niño en brazos de su madre. Cuando decimos amén, entramos en esa riada de alabanza que recorre la creación y que está tan presente en el padrenuestro. El Señor nos invita a caminar sin instalarnos, a ser peregrinos, ser sólo romeros. «Ser en la vida romero, romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos; ser en la vida romero, sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo... Ser en la vida romero...romero... sólo romero. Sensibles a todo el viento y bajo todos los cielos, poetas, nunca cantemos a la vida de un mismo pueblo, ni la flor de un solo huerto... Que sean todos los pueblos y todos los huertos nuestros». (León Felipe).
Como caminantes no sólo tropezamos con las piedras del camino, sino con los hermanos. En cada anochecer y amanecer será necesario dar gracias a Dios y al otro, pero también reconocer que se ha herido y ofendido al otro. Si, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda (Mt 5, 23-24). Jesús nos enseñó que Dios es Padre de ternura perdonándonos. 
Hay que cultivar actitudes donde florezca el perdón: no lleves cuenta del mal, no te irrites, disculpa, fíjate en lo bueno, cree y espera en los otros. Y «donde no hay amor, pon amor y sacarás amor» (San Juan de la Cruz). 
«Señor haz de mi un instrumento de tu paz. Donde haya odio, que yo ponga amor. Donde haya ofensas, que yo ponga perdón. Donde haya discordia, que yo ponga unión. Donde haya error, que yo ponga verdad Donde haya duda, que yo ponga fe. Donde haya desesperanza, que yo ponga esperanza. Donde haya tinieblas, que yo ponga luz. Donde haya tristeza, que yo ponga alegría. Haz que no busque tanto el ser consolado como el consolar, el ser comprendido como el comprender, el ser amado como el amar. Porque dando es como se recibe. Olvidándose de sí mismo es como se encuentra a sí mismo. Perdonando es como se obtiene perdón. Muriendo es como se resucita para la vida eterna» (San Francisco de Asís)

sábado, 4 de enero de 2014

CONCLUSIÓN.

CONCLUSIÓN




Hemos recibido de Jesús el mandato de orar, en todo momento y en todo lugar, en las buenas y en las malas, cuando la persona se encuentra en el Tabor y en el Monte de los Olivos.

La oración es un don, un regalo de Dios, que desde la fe se convierte en tarea. En algunos momentos de nuestra vida necesitamos de métodos, de técnicas, de motivaciones que nos den alas y pies para poder volar y caminar. A pesar de todos los intentos por mejorar, por buscar razones y nuevas ilusiones, si falta fe, esperanza y amor, es fácil sucumbir al desaliento y a la pelea. Es entonces, más que nunca, cuando necesitamos poner los ojos en Dios y creer de verdad que él camina con nosotros, que renueva nuestros pies y da aliento para llegar a la meta.



Sin Jesús no podemos hacer nada (Jn 15, 5). Sin oración, sin un encuentro vivo con él, es posible que no nos abramos a la vida verdadera, a la conversión para amar a Dios con todo el corazón y a los otros como a nosotros mismos.