sábado, 21 de febrero de 2015

APRENDER A VIVIR



Un año más se termina y otro va a comenzar. Y, de alguna manera, repetimos dentro de nosotros: Año nuevo, vida nueva. Y ojala fuera así, que nos animáramos a vivir a tope, a descubrir todas las riquezas que hay dentro y fuera de nosotros.

Cuenta David Fischmanl que un padre, queriendo mostrar a su hijo la pobreza, lo llevó a la casa de una familia campesina. Al regresar le preguntó al niño: “¿Qué te pareció la pobreza?”. El niño respondió: “¿De qué pobreza hablas? Ellos tienen cuatro perros y yo tengo uno. Nuestra piscina llega sólo hasta la mitad del jardín; en cambio, ellos tienen un riachuelo que nunca termina. Nosotros tenemos lámparas importadas, ellos tienen estrellas. Nuestro patio llega hasta la pared del vecino, el de ellos termina en el horizonte. Ellos tienen tiempo para sentarse a conversar juntos; en cambio, tú y mamá tienen que trabajar todo el tiempo y nunca los veo”. El hijo finalmente añadió: “Gracias, papá, por mostrarme tanta riqueza”.

La verdadera riqueza la encontramos cuando somos felices y sabemos disfrutar con lo que somos y tenemos. Muchas veces se pretende conseguir la felicidad a base de una carrera de ascensos, de un excesivo trabajo para acumular dinero, de obtener títulos para ser respetado. No se vive el presente por enfocar todas las energías hacia un futuro de ensueños que nunca llega.

El ser humano ha nacido para vivir eternamente, pero se constata, por desgracia, que a muchos la vida se les va como en un suspiro. La vida y la muerte son eternas compañeras; aprendemos a vivir y a morir un poco desde el día que nacemos.

La persona puede vegetar o vivir. Decimos que vegetamos cuando solamente nos preocupamos de comer, trabajar, dormir... El ser humano es algo más: tiene entendimiento, puede pensar y, sobre todo, puede hacer el bien, amar.

Nunca aprendemos a saber vivir y saber morir. Pablo VI en una reflexión sobre la muerte decía: “¡Cómo me gustaría, al terminar mi vida, estar en la luz… Todo es don; detrás de la vida, detrás de la naturaleza, del universo, está la Sabiduría; y además… está el amor!”.

A cualquier edad se puede aprender a vivir con otra mirada, con otros valores. Para ello, antes de nada, es necesario ser conscientes de la realidad que se vive.

Es urgente que los padres enseñen a los hijos que la vida es algo más que el aire que respiramos, que la sangre que late en nuestro cuerpo. El niño necesita encontrar la vida plena, la verdadera, abrir su mente y su corazón al Dios de la vida para convivir en armonía con la naturaleza, las cosas y las personas. Por desgracia no son muchos los maestros que enseñan a vivir bien.

Las personas, por otra parte, acumulan recuerdos, sentimientos, estados de ánimo, temores, rencores, formas de convivencia agresivas que entorpecen la comunión y la participación comunitaria.

Hemos de aprender a vivir. Lo cotidiano es el escenario obligado. Para ello es importante saber manejar las emociones agradables o desagradables, disminuyendo éstas y aumentando las otras. El resultado será la paz, la alegría, la serenidad, la jovialidad.

“El Reino de Dios está dentro de ustedes” (Lc 17,21), es el tesoro escondido, la fuente de la felicidad y está al alcance de cada uno.

sábado, 7 de febrero de 2015

UN GESTO DE PAZ.


Dentro de nosotros se gesta la paz o la guerra, de nuestras actitudes y relaciones con los demás depende el futuro de la humanidad. La paz, como la vida, escuchamos con frecuencia, están gravemente amenazadas. El poder destructor de muchas naciones es enorme. El mundo está dividido, ricos y pobres, divisiones raciales, divisiones nacionales y culturales, las injusticias son enormes. La gravedad del momento exige una revolución de amor.

La paz es fruto de la justicia y del amor. Un gesto habla más que mil palabras y así se hace en el momento de la Eucaristía. Con el gesto de la paz nos preparamos para la comunión. Antes de recibir a Jesús nos damos unos a otros la paz. El gesto de la paz ha cambiado en la historia hasta llegar a su forma actual. Los primeros cristianos se daban en la celebración el famoso beso de la paz, del que habla San Pablo (Rm 16,16).

El Misal describe así la intención del gesto de paz: los fieles “imploran la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia humana, y se expresan mutuamente la caridad antes de participar de un mismo pan”. ¿De qué paz se trata? José Aldazabal nos apunta que se trata de la paz de Cristo. Es la paz de Cristo. No una paz que conquistamos nosotros con nuestro esfuerzo, sino que nos concede el Señor. No es una paz humana, se trata de la paz de Cristo: “la paz os dejo, mi paz os doy”. La paz es, sobre todo, don del Espíritu.

Es un gesto de fraternidad cristiana y eucarística. Un gesto que nos hacemos unos a otros antes de atrevernos a acudir a la comunión: para recibir a Cristo nos debemos sentir hermanos y aceptarnos los unos a los otros. Vista así, la actitud de fraternidad en Cristo es el fruto principal de la Eucaristía. El que nos une en verdad –por encima de gustos, amistades e intereses– Cristo Jesús, que nos ha hecho el don de su Palabra y ahora el de su Cuerpo y su Sangre. La actitud de fraternidad se exige para la comunión y ésta nos lleva a compartir, pues aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, porque participamos de un mismo Pan.

Es una paz universal: sea quien sea el que está a nuestro lado –un anciano, un niño, un amigo, un desconocido– nuestra mano tendida y nuestra sonrisa es todo un símbolo de cómo entendemos la paz de Cristo. Cristo se entrega a todos por igual. Comulgar con Cristo conlleva comulgar con los otros y terminar con toda clase de barreras y divisiones.

Es una paz en construcción, nunca del todo conseguida. Los cristianos piden la paz, al mismo tiempo que se comprometen a ella como a una tarea. El darse la paz es más que un gesto, es un compromiso de buscar y trabajar por la paz. Jesús, el Príncipe de la Paz, ha venido a traernos la paz y a hacer de cada cristiano un instrumento de paz.

Amin Malouf, novelista libanés, apostaba, ya antes de caer las torres gemelas, por una “construcción multicultural de la identidad, configurada desde pertenencias múltiples”. Necesitaremos pasar de la agresividad a la convivencia y de la religiosidad de cruzada a la espiritualidad de reconciliación. Para ello es necesario unir oraciones, fuerzas y corazones para derribar muros y limar diferencias.

Hace unos años se reunieron en Asís unos cuantos líderes de distintas religiones para orar por la paz. Cada uno oró por separado y luego oraron todos juntos.

“Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde hay desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar” (san Francisco de Asís)

domingo, 1 de febrero de 2015

Nacidos para esperar .



La esperanza es connatural al ser humano. Los seres humanos necesitamos la esperanza para seguir viviendo. De ella echa mano el enfermo para luchar y curarse; el prisionero para hacer todo lo posible por salir de la esclavitud.

A pesar de todos los adelantos, el mundo parece un inmenso vacío donde la persona se siente sola y desamparada. Las falsas esperanzas nacen por todas partes y, como éstas no pueden llenar el corazón humano, surge un mundo sin esperanza. Las personas no esperan mucho de la sociedad, de los demás, de sí mismas. El mal humor, la tristeza se hacen cada vez más presentes, el cansancio se adueña del alma; desaparece la alegría y las personas no saben dónde encontrar fuerzas para vivir.

La falta de esperanza se manifiesta en una falta de confianza. Una sociedad sin esperanza es una sociedad sin futuro. Si matamos la esperanza de los débiles, de los marginados y los que no cuentan, enterramos la vida. El abrirnos a Dios y a los demás, los más desesperanzados, puede darnos energías para contagiar y sembrar esperanza. Dios nos ha regenerado por medio de la resurrección de Jesús a una esperanza viva.

Para que algo sea objeto de esperanza debe reunir cinco condiciones: que sea un bien, que sea necesario, que sea posible, que sea futuro y que sea difícil de conseguir. En todo momento tenemos que estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza (1 P 3, 15).

Alguien dijo que la «esperanza es el sueño de un hombre despierto». «La virtud que más me gusta, dice Dios, es la esperanza… Esa pequeña esperanza que parece una cosita de nada, esta pequeña niña esperanza inmortal». En estos conocidos versos de Charles Péguy nos mostraba a Dios sorprendido por la esperanza. No le resulta sorprendente a Dios la fe y la caridad. En la Biblia vemos cómo Dios espera en los seres humanos y a los que esperan en Él les brotan las fuerzas.

Cada día nace el anhelo de buscar un porvenir más humano y más justo. «Si no se espera, no se dará con lo inesperado», afirmaba Heráclito. Pero esta espera tiene que ser activa; la esperanza de los brazos cruzados no funciona. La esperanza cristiana se compromete a trabajar por un mundo más justo, más libre y más fraterno. Sin embargo, hay momentos en la existencia en que algunos repiten, como Israel: «Nuestra esperanza se ha destruido» (Ez 37, 11). Pero los profetas siguen anunciado paz, salvación, luz, redención. Israel «será saciado de bendiciones» (Jr 31, 14).

A muchos se les marchita la esperanza ante las dificultades de la vida. Sin embargo, hay otras personas que renacen de sus cenizas, esperando con gozo, paciencia y confianza. Hay una gran certeza y una gran dicha en el que espera (Tt 2, 13), apoyado en la seguridad de conseguir lo que anhela. Esperar supone tener paciencia y confianza. Somos amigos de la prisa, de la eficacia, de la impaciencia. Igual que el labrador tiene que aguardar pacientemente a que llegue el tiempo de recoger los frutos, así quien desea cosechar, tendrá que armarse de mucha paciencia para que los problemas puedan resolverse, para que el otro pueda crecer, para que uno mismo pueda cambiar.

Debemos, pues, sembrar esperanza, poner la esperanza al sol, al abrigo de la fe y del amor, lo mismo que se ponen ahora las plantas de exterior para que den fruto en primavera, para que crezcan. Debemos recuperar la esperanza robada por el miedo, por las tristezas, por los fracasos… Levantarse, ponerse en pie y dejar que Dios nos guíe, aunque el camino sea largo y empinado, y seguir soñando con los ojos abiertos.

sábado, 24 de enero de 2015

LA ENFERMEDAD NOS HERMANA.



El dolor nos hermana a todos. La capacidad humana ante el sufrimiento es ilimitada. Todo lo que nos cae encima, lo aguantamos; pero el miedo a sufrir nos paraliza y nos roba las fuerzas para poder sobrellevarlo. Cuando no tenemos miedo al dolor, sufrimos mucho menos. El dolor nos desarraiga de todo, menos de nosotros mismos. “Allí donde hay dolor hay terreno sagrado; algún día te darás cuenta de lo que esto significa” (R. Hart Davis). La enfermedad es a veces como un parásito que roba, “chupa”, energías, ilusiones, amigos y vida. La verdad es que la enfermedad nos quita todas las caretas, acaba con las vanidades y nos produce clarividencia. Ante la enfermedad sólo hay una solución: ser realista y aceptarla. Si uno se ama, se ama también enfermo.

La enfermedad aparece pronto en la vida de Teresa e irrumpe con ímpetu. Ella recordará más tarde con todo lujo de detalles aquellos días aciagos y extremos en que casi rozó la sepultura. Y aunque se recupere, nunca más volverá a ser una persona sana ni a disfrutar de buena salud. Sus quejas, aunque hechas con gracia y buen humor, salpican todos y cada uno de sus escritos mostrando que son “el pan de cada día” de Teresa de Jesús. En medio del huracán de sus enfermedades, Teresa acierta a encontrar el modo de convivir con ellas sin hacer concesiones y sin negarse nada de lo que quiere hacer en la vida. Actúa siempre “como si” estuviera bien, “como si” pudiera. Ella aprende pronto que hace más el que quiere que el que puede, y que no hay nada más fuerte que la propia voluntad de vivir.

De sus experiencias como enferma, Teresa saca la sabiduría necesaria para tratar a las hermanas enfermas y su pluma adquiere tintes enérgicos cuando manda a sus hijas quitarse el bocado de la boca para darlo a quien más lo necesite. Sus recomendaciones para el trato de las enfermas no tienen desperdicio. Pide que se las rodee de cuidados, que se les proporcione una buena higiene y que no les falte nada en medio de la pobreza que reinaba en sus monasterios. El amor, así lo entiende ella, suple de manera ingeniosa los desafíos de la pobreza y envuelve en ternura y mimo a las hermanas que sufren enfermedad. Aquí brilla de modo especial ese humanismo teresiano del que ya hemos hablado, y que hace de la espiritualidad teresiana un calco del espíritu evangélico imitando al Maestro que pasaba haciendo el bien y curando las enfermedades. Y es así, en el aguante diario de las impertinencias de los ‘males femeninos’ y en la búsqueda imaginativa del ‘como si’ uno estuviera bien, como Teresa consigue aprender todo lo que a primera vista no vemos de ese estado de penuria humana que es la enfermedad y el dolor. Descubrir esta sabiduría entre sus escritos, es una tarea apasionante.

Santa Teresa tuvo muchas enfermedades. Hay un libro titulado: Las Enfermedades de Santa Teresa de A. Senra. El libro busca reconstruir la historia clínica de Santa Teresa a partir de los datos que ella misma suministra de sus síntomas y signos clínicos en su autobiografía y en sus cartas, complementadas por las aportaciones de autores contemporáneos. El libro tiene en cuenta las circunstancias geográficas, históricas o familiares de la Santa enferma, y analiza exhaustivamente las fuentes de información de los datos clínicos para convertirlos en síntomas y signos. Experimentó la enfermedad del cuerpo y del alma.

En el libro de la Vida 4, 5 nos narra algunos de sus males: desmayos, males de corazón. A mal tan grande, su padre quería buscar remedio, y como no lo encontró en los médicos de Ávila, la llevó a la famosa curandera de Becedas. Las curas añadieron más tormento a su enfermedad. Ella misma dice que “me tenía casi acabada la vida”. No podía comer nada, si no era bebida. Estaba desahuciada; los dolores eran desde los pies a la cabeza.

La joven Teresa sólo anhelaba recuperar la salud para poder servir a Dios. Por ello, al verse tan tullida y no acertada por los médicos de la tierra, determinó acudir a los del cielo para que la sanasen, aunque con mucha alegría lo llevaba todo. Y fue entonces cuando encontró su abogado, san José. Nunca lograron la enfermedad ni los contratiempos acobardar a la Santa.

sábado, 17 de enero de 2015

Juntarse con los buenos


Se cuenta que un día una madre atribulada se acercó a Gandhi con su hija y le explicó que ésta tenía el habito de comer más dulce de lo conveniente.

-“¿Querría el señor Gandhi, le preguntó, hablar a la chica y persuadirla a que deje esta nociva costumbre?”

Gandhi se sentó un momento en silencio, y dijo después:

- “Tráeme a tu hija dentro de tres semanas y entonces le hablaré”.

La madre se fue según se lo había mandado y volvió después de tres semanas. En esta ocasión Gandhi tomó aparte a la muchacha y en unas pocas y sencillas palabras le demostró los efectos perjudiciales del exceso de dulce; le urgió a abandonar la costumbre. Agradeciendo a Gandhi el haber dado a su hija tan buen consejo, la madre con voz temblorosa dijo:

-“Me gustaría saber ahora, Gandhi, por qué no dijiste estas palabras a mi hija hace tres semanas, cuando te la traje”.

-“Hace tres semanas, le explicó Gandhi, yo mismo era muy aficionado a comer cosas dulces”.

Gandhi estaba convencido de que hay que ser consecuentes con las creencias. “Cuando leo el evangelio, me siento cristiano, pero cuando os veo a los cristianos hacer la guerra, oprimir a los pueblos colonizados, emborracharse, fumar opio…, me doy cuenta de que no vivís el evangelio” (Gandhi).

Las palabras mueven, los ejemplos arrastran. Es verdad. No hace falta que traten de convencernos de que el mejor remedio para acabar con toda clase de dependencias, es que quien da el consejo sea libre. Pero por desgracia vemos que la práctica es muy distinta, pues “es más fácil predicar que dar trigo”. Sin embargo, hacen muy bien los doctores en aconsejar a los enfermos sobre los perjuicios que acarrean el tabaco y el alcohol, aunque ellos fumen y beban.

Santa Teresa de Jesús también supo de buenas y malas compañías. En el despuntar de su adolescencia. Teresa intimó con una parienta “de livianos tratos” que a su madre no le gustaba ni un pelo, pero que a ella le encantaba, porque como dice en su libro de la Vida 2,4: “me ayudaba a todas las cosas de pasatiempo que yo quería”.

En aquel momento, cuando está en Santa maría de Gracia, Teresa se da cuenta y “escoge” ya para siempre, buscar y rodearse de buenas compañías, cosa que hará siempre, porque entre otras cosas entiende que así estará protegida. Y ante aquellos recuerdos, brota de su pluma el primer consejo a los padres de todos los tiempos: “Querría escarmentasen en mi los padres, y ayudasen a sus hijos a tener buenas compañías”. Vano intento, porque ella misma eludió a sus padres durante toda su juventud.

Teresa toma nota y se da cuenta del bien que hace rodearse de buenos amigos, algo que no puede ser impuesto, aunque muchas veces las circunstancias ayudan. Su espíritu sensible encuentra cauce en la buena conversación de sus educadoras, y con suavidad vuelve al gusto de su primera infancia, cuando se quedaba absorta con el pensamiento de que infierno y cielo eran “para siempre, siempre, siempre” . Es aquí, en plena adolescencia cuando Teresa descubre el poder del pensamiento, proceso fundamental de la psicología humana.

Se da cuenta que entre el cambio de costumbres (comportamiento) y los buenos deseos que María de Briceño le contagia, empieza a surgir en ella la inquietad por ser mejor y a plantearse su futuro de cara a como mejor servir a Dios. Es tiempo de discernimiento y de enfermedades, elementos en su vida que siempre le acompañarán.

Años más tarde, cuando Teresa elige vivir en la familia carmelitana, comprobará cómo las buenas compañías son luz y fuerza para el caminar, por las que el Señor despierta los buenos deseos. Y así comenzó a gustar de la buena y santa conversación de una monja, discreta y santa, cuando le hablaba de Dios y le decía del premio que daba el Señor a los que todo lo dejan por él.

Estaba el Señor grande para disponer a Teresa para sí y le dio una gran enfermedad. Cuando iba para casa de su hermana, descubrió en casa de un tío suyo, la buena compañía de los libros. Aunque estuvo pocos días, la fuerza que hacían en su corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas, y la buena compañía, vino a ir entendiendo la verdad de cuando niña.

Los niños son fruto del ambiente que respiran. Hacen lo que ven. La educación comienza antes de nacer y dura toda la vida, pero es en los primeros seis años cuando asimilan casi la mayoría de las cosas. La educación es arte y es tarea difícil, pero se facilita enormemente cuando hay amor, cuando el que crece lo hace en un ambiente de amor y ternura, de acogida, de aliento, de aceptación y amistad.

sábado, 10 de enero de 2015

LO QUE SE VE, SE PRACTICA


Decía un cangrejo a su hijo que observaba que andaba con las piernas torcidas, que se corrigiera. Madre mía, respondía el hijo cangrejo, yo no hago sino lo que veo que hacéis vos. Si andáis de la misma manera ¿cómo queréis que yo me corrija? Vos debíais haberos corregido primero. Antes de reprender a otros, debemos procurar corregirnos nosotros mismos.
 “Lo mejor que un padre puede dejar a sus hijos es el ejemplo de sus virtudes y la herencia de sus bellas acciones (Cicerón). El amor es vida, salud y fuerza. “Bastaría que nos sintiéramos amados incondicionalmente de una sola persona para estar sanos y bien desarrollados” (Leo Buscaglia).
¿Cómo era la familia de santa Teresa? Teresa tuvo la suerte y el regalo de tener una familia cristiana. Sus padres y hermanos le ayudaron a tener una fe fuerte, comprometida con la vida, pendiente de Dios y con afán de buscar y vivir “la verdad de cuando niña” .
A Don Alonso se le murió su primera mujer. Se quedó viudo muy joven, con dos hijos, y volvió a casarse. Teresa, nacida el 28 de marzo de1515, es hija del segundo matrimonio, de D. Alonso Sánchez de Cepeda con Dª Beatriz de Ahumada. Dos hijos del primer matrimonio más diez del segundo, hacen que en la familia de Teresa haya 12 hermanos. Al referirse a sus hermanos y medios hermanos, Santa Teresa escribe: “por la gracia de Dios, todos se asemejan en la virtud a mis padres, excepto yo”.
Sus padres eran virtuosos. Hoy, a muchos no les gusta oír hablar de virtudes. Quizás podríamos decir mejor “cualidades”. Sea como fuere,  son especialmente necesarias  para la vida, especialmente: la fortaleza, la templanza, la prudencia, la justicia, la fe, la esperanza y la  caridad. Cuando Teresa habla de su infancia alaba a sus padres y dice: “No cabe duda que el tener unos buenos padres, es uno de los grandes dones que se pueden recibir en la vida”. Y cuando enumera las virtudes de sus progenitores, en unas pinceladas los retrata perfectamente. En este ambiente impregnado de virtudes y cualidades humanas, de fe y religiosidad, Teresa ‘despierta a la vida’. Se siente atraída poderosamente por la verdad y por las cosas eternas, tiene prisa por ganar bienes eternos. Teresa reconoce la influencia de sus padres, el cómo vivían su relación con Dios y con los demás.
Teresa era la más querida de su padre. Su padre era temeroso de Dios,  hombre de verdad, honesto y leal, sensible al dolor de los otros, de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos, no consintió en tener ningún esclavo, aficionado a leer libros espirituales. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar. Muy honesto en gran manera.
Su madre era la encargada propiamente de educar a sus hijos en el rezo y en las buenas costumbres. Y también tenía muchas virtudes. Pasó la vida con grandes enfermedades. Grandísima honestidad (...) muy apacible y de harto entendimiento. Le gustaba leer, a escondidas,  libros de caballerías, aunque lo hacía para distraerse de los grandes trabajos que tenía y de las enfermedades que pasó. Tenía un cuidado especial para que rezaran sus hijos y fueran devotos de la Virgen y de algunos santos.
A Teresa le tocó conocer desde niña el sacrificio, el sufrimiento,  la renuncia y la muerte de lo más querido: su madre.  Todo esto le hizo fuerte ante las dificultades de la vida. “Acuérdome que cuando murió mi madre, quedé yo de edad de doce años, poco menos. Como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida fuime a una imagen de nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre con muchas lágrimas. Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, que me ha valido” . Y la Virgen, como madre,  estuvo presente en el largo caminar de Teresa.
Teresa era el amor de su padre. Ella tuvo la suerte de estar muy cerca de él en los últimos años de su vida. Su muerte fue la de un gran creyente, dando consejos  a los presentes, encargándoles que le encomendasen a Dios.
Teresa fue educada como se hacía entonces en los hogares cristianos.  Francisco de Osuna describe magistralmente en su Norte de los estados lo que se hacía: “Si fuese cosa posible con la leche avían de recibir los niños la doctrina cristiana... Y cuando el pobre viniere a tu puerta, llévele el niño la limosna porque aprenda a hacer el bien…”  Como se ve no sólo le enseñaban a rezar, sino a practicar la caridad.

Desde niña, aprendió Teresa a orar  a practicar la caridad, a dar limosna como podía. Toda esta manera de ser y relacionarse con los cercanos, la volcará Teresa tiempo después, en su familia religiosa, haciendo y consiguiendo que cada convento sea una familia, un palomarcito, donde todas han de ser amigas, todas se han de amar y querer.

viernes, 2 de enero de 2015

“LA DE LA GRAN CABEZA”


Santa Teresa de Jesús estuvo dotada de muchas cualidades, pero para decirlo en dos palabras diremos que fue profundamente humana y divina. Azorín dejó escrito que: “Teresa era humana, profundamente humana, directa, elemental, tal como el agua pura y prístina… La vida de Teresa, escrita por ella misma, es el libro más hondo, más denso, más penetrante que existe en ninguna literatura europea”. Esta humanidad teresiana que destacamos como una de sus mejores cualidades, salta constantemente como chispa de la hoguera de sus libros. Teresa no era una “superwoman”, por el contrario, su sencillez y transparencia eran tales, que todos podían entenderla e identificarse con ella. Era amena, ingeniosa, graciosa, sensible…sabía lo que era estar cansada, enferma, con dolores. Conocía desde dentro la complejidad de los problemas cotidianos y la dificultad del trato social con gentes de todo tipo y condición.
¿Cómo era? Para presentarla, recojo algunos testimonios de personas que la conocieron, la trataron, la amaron o la obedecieron, y de otros que la descubrieron al leer sus escritos. Entre todos nos dan un perfil bastante aceptable, aunque para conocer a alguien haya que verle y escucharle en primera persona.
María de San José, tal vez la mejor discípula de Santa Teresa, la culta priora del Carmelo de Sevilla, predilecta de la santa por tantos motivos, refiere en su Libro de Recreaciones, cómo era santa Teresa. "Era esta santa de mediana estatura, antes grande que pequeña. Tuvo en su mocedad fama de muy hermosa, y hasta en su última edad mostraba serlo… con ser ya de edad y muchas enfermedades, daba gran contento mirarla y oírla, porque era muy apacible y graciosa en todas sus palabras y acciones…Era en todo perfecta..."
Es esta realmente, una estupenda descripción del físico de Teresa de Jesús que podemos completar con el retrato hecho por fray Juan de la Miseria, aunque ella coqueta como fue siempre, dijera al ver el resultado: “Dios te perdone fray Juan, pues ya que me has pintado, me has pintado fea y legañosa”.
Buena discernidora de tiempos y lugares, tenía un ‘saber estar’ envidiable. “Santa Teresa vivió siempre con los ojos puestos en el cielo pero con los pies bien asentados en la tierra. Sus raptos místicos, sublimes, no le impidieron vivir en la realidad del presente y realizar la reforma del Carmelo, obra admirable de la Santa” (Joaquín Rodrigo).
Alguien dijo de ella que era “Teresa la de la gran cabeza”,  queriendo destacar sin duda la gran capacidad para organizar que poseía, su enorme sentido común, su tacto, su inteligencia…; pero sobre todo Teresa tenía en gran medida las dotes de una madre. “Teresa de Jesús será, para todos, sencillamente la Madre (Alberto Campos). Y es propio de cada madre el amar, pues “Si el amor –como dijo la santa- consiste en perseverar con gozo y con paz en medio de las adversidades” y en dar la vida, así lo hizo la Santa de Ávila.
Teresa tenía, como ya hemos apuntado, un gran encanto personal, una gran simpatía, una alegría contagiosa,  una gracia especial para hablar  y la gente que la trataba, gozaba con ella. Así el Licenciado Aguiar, medico que la atendió en Burgos decía: “Tenía la santa madre Teresa una deidad consigo, que se le pasaban las horas de todo el día con ella sin sentir; y menos que con gran gusto, y las noches con la esperanza de que la había de ver otro día; porque su habla era muy graciosa, su conversación suavísima y muy grave, cuerda y llana.
Entre las gracias que tuvo, una de ellas fue que  arrastraba tras de sí a la parte que quería y al fin que deseaba a todos los que la oían; y parece que tenía el timón en la mano para volver los corazones, por precipitados que fueran, y encaminarlos a la virtud”.
Alguna monja de la Encarnación decía sutilmente  que Teresa tenía la propiedad de la seda dorada, porque venía bien con todos los matices, se hacía a las condiciones de todos para ganarlos a todos. Y Fray Luis de León, la define como "la piedra imán que a todos atrae". 
Respecto a ser una mujer divina, coincidimos en elogiar su sentido de Dios, su magisterio al enseñar a orar a todos los que la rodeaban, su inspiración para hablar y escribir de los más intrincados misterios del alma humana, y entendemos, en fin, su santidad como hecha de fortaleza, de humildad y amor.

Otro personaje ilustre (Enrique de Ossó) tuvo gran devoción y amor a Teresa de Jesús y la llamaba "robadora de corazones", y dirigiéndose a la Santa la define como: "la amada de mi corazón”. "Santa Teresa de Jesús, decía Ossó,  hace amable la virtud y enciende en las almas el espíritu de fe y de amor de Dios".