viernes, 13 de marzo de 2015

Parábolas de Luz y Vida.


            ¿Por qué Jesús hablaba en parábolas? ¿Por qué usó este lenguaje para revelar a la gente el misterio del Padre? ¿Por qué nosotros, cuando hablamos de Dios y de la vida, no usamos  las parábolas con tanta frecuencia?

            Las parábolas son muy características de Jesús, las usa como pequeñas historias, imágenes concretas y comparaciones tomadas de la naturaleza y de la vida con la finalidad de transmitir una enseñanza. A través de ellas habla del Reino de Dios, de las distintas situaciones de la vida, del crecimiento…Parece como si fueran sal y luz para entender un poco más al Padre de todos, que se hace niño hasta en su palabra.

            “No despreciéis los cuentos, dice Anthony de Mello. Cuando se ha perdido una moneda de oro, se encuentra con la ayuda de una minúscula vela; y la verdad más profunda se encuentra con la ayuda de un breve y sencillo cuento”.

            Efectivamente, un breve y sencillo cuento, una parábola, no sólo fascina a los pequeños, sino que entusiasma a los mayores. Quien tiene la habilidad de sazonar el contenido más profundo con una historieta oportuna y a su debido tiempo, no sólo se ganará al público, sino que logrará que la enseñanza llegue más clara y con más garra. Así lo conseguía el Amigo de todos: Jesús.

            Cuando acudimos a un restaurante, lo más importante es, sin duda, la calidad de los alimentos. No obstante, a la hora de la verdad valoramos una serie de aspectos secundarios, pero que influyen decisivamente en la satisfacción que nos produce aquella comida, como la decoración del lugar, la habilidad del cocinero, la presentación de los platos, la amabilidad de los camareros, etc.

            Cuando escuchamos una charla u homilía, lo más importante es sin duda el contenido doctrinal. Pero con frecuencia los oyentes quedan más impresionados por aquella imagen, aquel ejemplo tomado de la vida real, que es como la guinda que pone el cocinero en la comida, y que, en definitiva, dará como resultado que aquella doctrina se pueda retener fácilmente en la memoria y pase a convertirse en vida.

            Un día que escuchaba una charla de alta espiritualidad, me senté junto a un niño inquieto y juguetón. No parecía estar este chaval muy interesado en el tema que se trataba. Al final de la charla le pregunté en voz baja qué era lo que más le había gustado. Los cuentecitos, fue su respuesta.

            Aquel día me di más cuenta de la importancia que tiene el usar de todos los medios que tenemos a nuestro alcance para que la semilla que lanzamos germine. Eso me animó a seleccionar parábolas, cuentos, leyendas fábulas…En este libro aparecen cien de ellas, tomadas de diferentes autores, especialmente contemporáneos.

            ¿Por qué el título de parábolas de luz y vida?

            Todas las parábolas y sus comentarios nos hablan de luz y de vida desde algún punto de vista. La luz nos viene de Dios y con ella podemos iniciar el camino de conversión que nos lleva a la libertad y a amar la vida.

            La luz nos apasiona. Sin ella andamos a tientas y a oscuras. Nuestros ojos, bañados de la luz de Dios, nos ayudan a ver profundamente las diversas maneras por las que habla el Creador con su voz potente, magnífica e irresistible a través de la capacidad de amor que hay en cada ser humano.

            Son muchos los que han prendido su luz en el cirio de la Pascua y cada día se comprometen y dan alguna gota de su sangre por una causa noble y justa. En cada parábola lo pondré de manifiesto a base de palabras de la Sagrada Escritura, de los santos carmelitas y maestros universales de espiritualidad, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, de los santos de todos los tiempos y de otros autores espirituales que con sus plumas o sus vidas han servido de guías a tantas personas para enderezar sus caminos.

            La vida es la otra palabra que califica a estas parábolas. Dudé en poner la palabra amor, pero creo que quien ama de verdad, tiene vida y comunica vida. He preferido el término “vida”, porque quiero que estas reflexiones ayuden a vivir más plenamente, sin frenos ni cadenas, a tanta gente que a fuerza de amor y sacrificio, tratan de cambiar una triste realidad de hambre, odios y enfermedades por otra más humana y más cristiana.

            La vida es muy difícil. Así lo afirmaba Pablo VI en su testamento con tres palabras contundentes: “La vida es dolorosa, dramática, magnífica”. Tres calificativos esclarecedores que presentan a la vida como una lucha que merece la pena sostener.

            No debemos esconder la luz que nos llega, ni quedarnos de brazos cruzados, amarrados en preguntas inútiles y sin sentido. Sólo pueden salvar a nuestro mundo personas que amen y defiendan todo lo que huele a vida, luchando sin tregua, con paciencia y perseverancia. El miedo al futuro, los fracasos del pasado, el envejecimiento de nuestros sueños, pueden ir secando nuestro corazón y amortiguando o matando las ganas de vivir y de luchar. “La libertad como la vida, sólo la merece quien sabe conquistarla todos los días” (Goethe).

            Para  rejuvenecer los ánimos y poder seguir adelante en la lucha de cada día necesitamos tres actitudes importantes:

            No dar entrada en nuestra mente a la duda ni a las sombras.
            No escuchar a los profetas de desventuras.
            Hacer todo lo que esté a nuestro alcance.
            Par poner en práctica estas tres consignas, nos pueden ayudar un proverbio chino, unas palabras de Juan XXIII y otras de Santa Teresa de Jesús.

            En primer lugar, no debemos admitir en nuestra mente ningún tipo de pensamientos negativos, ni nada que perturbe nuestra alegría.

            “Tú no puedes impedir a los pájaros de la melancolía que vuelen sobre tu cabeza, pero sí que hagan sus nidos en tus cabellos, porque poco a poco irán carcomiendo tus ideales y minarán la vitalidad de tu corazón, apagando la luz de tus ojos y tu vida” (Proverbio chino).

            Tampoco se adelante mucho profetizando desventuras y calamidades o resaltando las cosas negativas de la vida.

            “Nos parece necesario expresar nuestro completo desacuerdo con tales profetas de desgracias que anuncian incesantemente catástrofes, como si el fin del mundo estuviera a la vuelta de cada esquina” (Juan XXIII).

            Lo único que resuelve son las obras. “Obras quiere el Señor” decía Santa Teresa, y fiel a esta consigna hizo todo lo que estaba a su alcance para bien de la Iglesia de su tiempo y del mundo entero. Se reunió con un grupo de mujeres llenas de fe y confianza en Dios y se dedicó con ellas a vivir en plenitud el amor, convencida que estaba a su alcance como si la solución de todos los males dependiera de ella. De ahí el valor de sus palabras:

“No haya ningún cobarde.
Aventuremos la vida,
pues no hay quien mejor la guarde
que quien la da por perdida”

(Santa Teresa de Jesús)



            De cada parábola que presentamos, se pueden sacar muchas lecciones. Ojalá se transformen en pequeños rayos de luz que nos ayuden a abrir nuestros ojos a la verdad, nos capaciten para entender a nuestros prójimos y nos dispongan a amarles con un amor sincero, desprendido y generoso. Si además contribuyen a que descubramos el verdadero rostro amoroso de Dios y a entusiasmarnos con la vida, estas parábolas habrían cumplido plenamente su finalidad.

sábado, 7 de marzo de 2015

Escuchar y ver a Dios.

  

Un sabio japonés, conocido por la sabiduría de sus doctrinas, recibió la visita de un profesor universitario que había ido a verlo para preguntarle sobre su pensamiento.
  El sabio sirvió el té, llenó la taza de su huésped y después continuó echando, con expresión serena y sonriente.
  El profesor miró desbordarse el té, tan estupefacto, que no lograba explicarse una distracción tan contraria a las normas de la buena crianza; pero, a un cierto punto, no pudo contenerse más.
 “¡Está llena! ¡Ya no cabe más!”
“Como esta taza, dijo el sabio imperturbable, tú estás lleno de tu cultura, de tus opiniones y conjeturas eruditas y complejas. ¿Cómo puedo hablarte de mi doctrina, que sólo es comprensible a los ánimos sencillos y abiertos, si antes no vacías la taza?” (Cuento japonés).

   “¡Está llena! ¡Ya no cabe más!”
 Como la taza, así estaba lleno el sabio de cultura, opiniones…La doctrina sólo es comprensible a los que se vacían, a los abiertos de corazón.
Solamente los sencillos, los vacíos de todo y abiertos al Todo pueden comprender a Dios, y aceptarlo como su tesoro. Para que Dios pueda penetrar en la mente y el corazón del ser humano, necesita éste tres actitudes fundamentales: humildad de corazón, escucharlo y dejar que Él actúe.
La humildad de corazón es una actitud indispensable para que Dios pueda entrar en el corazón humano. “Dios resiste a los soberbios, y a los humildes, en cambio, les da su gracia” (St, 4,6). La persona que abre su ser al Señor, lo reconoce como único dueño y dador de vida, fuente de todo lo bueno, santo y perfecto. Es el Dios que obra conforme a su beneplácito (Fl 2,13).
Dios es el Dios de los humildes. Sólo los humildes pueden llegar hasta Él en actitud de escucha. “Escuche quien quiera escuchar” (Ex 3,27). “Quien tenga oídos entienda” (Mt 13,9).
Dios nos habla de mil modos y maneras, pero nos habla, sobre todo, y una vez por todas, en Cristo. “Este es mi Hijo predilecto, en el cual me complazco. Escúchenlo” (Mt 17,5). Escuchar es estar bien alerta, atentos y despiertos.
 Dejar ser a Dios, dejarle actuar. Cada cristiano debe dejar que Dios se manifieste libremente, que Él sea lo que es: Luz, Fuerza, Salvación…Dios es el primero que toma la iniciativa en la historia de la salvación y Él es el que la realiza. Él es el principal agente y el principal amante. Dios se entrega del todo y quisiera que el ser humano dejase paso a su obra, que colaborara con Él. El papel de la criatura es dejar paso al Creador.
 La Virgen María representa el modelo perfecto de la persona abierta siempre a Dios, dispuesta a que Él haga su voluntad. Ella es la oyente de la Palabra. Está siempre pronta a la escucha y atenta al mensaje que se le da. “Hágase en mí según su palabra” (Lc 1,38), es su respuesta. Y la Palabra se hizo carne en sus entrañas. María acogió a Dios y le dejó que Él actuara, que fuera Él mismo.
  Cristo está a la puerta de cada corazón humano y llama (Ap 3,20) para que se le abra y Él pueda actuar como salvador. Dios, Jesús, nos habla de mil modos y maneras. Lo hace cuando estamos en la iglesia, en el trabajo, en la familia, cuando las cosas marchan fenomenalmente y cuando parece que todo se empieza a torcer. Para escuchar su voz es necesario tener todos los sentidos bien abiertos y limpios y, sobre todo, el corazón. Quien no le busca, quien no se deja encontrar por él, quien no le ama ni ama a los demás, nunca verá ni oirá Dios, ni en su vida ni en la vida de los demás.


domingo, 1 de marzo de 2015

La gran riqueza de la fe.



En estos días celebramos el Bautismo de Jesús y, los cristianos, nuestro bautismo. Renovar el bautismo es renovar la fe, el mayor don que podemos recibir en esta vida.
La fe nos permite soltarnos de lo que nos ahoga y nos impide volar. La fe es un gran tesoro. Tenemos tesoros que no somos capaces de valorar. Es como el que tiene una avioneta arrumbada en un oscuro garaje, llena de polvo y telarañas, que nunca ha usado. La avioneta está ahí sin sospechar lo que es. Cree que es un trasto más del garaje, como la estantería llena de botes o ruedas viejas. Y un día viene alguien y la saca, la limpia, le engrasa el motor, le llena el depósito de gasolina, arranca… y ¡a volar!
¿Os imagináis lo que sentiría la avioneta si fuese capaz de sentir? Creo que lo más grande no sería la emoción de notar el viento de frente con fuerza o de ver pasar a gran velocidad los bosques, los montes y las colinas desde lo alto…, sino descubrir de repente lo que en realidad era, aquello para lo que fue creada… ¡Para volar!
No podemos vivir sin Dios. Sin Él, el ser humano se convierte en un lobo para el otro. «No es verdad, aunque a veces parezca decirlo, que el hombre puede organizar su vida sin Dios. Lo cierto es que sin Dios no puede, a fin de cuentas, más que organizarla contra el hombre» (Henri de Lubac). La verdad es que nadie puede vivir sin fe, sin algún tipo de creencia, sin confiar en alguien. El ser humano cree en alguien o en algo y lucha por ello. Oímos decir: «Tengo fe en tal persona», «Creo que todo saldrá bien…», etc.
Existe además la fe religiosa, la fe en Dios, en Jesús. El creyente vive de la fe. Vivir la fe es más importante que hablar de ella, y quien oye hablar de ella sin fe, no descubre nada, es como un ciego al que le explican cómo es la luz. Jesús no hace muchas preguntas a sus oyentes, no les exige admitir «verdades», sino que les dice: «¿Creéis que puedo hacer esto?» «¿Os fiáis de mí?» «¿Por qué no me creéis?».
Muchas personas, cuando les preguntamos si creen, nos hablan de una fe apoyada en el ambiente, en la tradición: «Siempre se ha hecho así»; «Mi familia ha sido siempre católica…». Y reducen su fe a los sacramentos, que tienen más un tinte social que de expresión de fe. Y sin embargo, sabemos que la auténtica fe cristiana brota de una experiencia de Dios, exige creer en Él y una respuesta personal. No basta con creer lo que otros digan, ni siquiera con creer a los curas.
Queremos que la fe sea un seguro de vida ante el dolor o ante los problemas. Ser creyente supone asumir todos los valores personales, familiares y sociales con su realidad actual y sus expectativas de futuro. Quien tiene fe, ve a Dios en todos los acontecimientos y en todas partes. La fe no es visión, no es conocimiento ni seguridad. La fe es vivir con la firme convicción de que estamos en manos de Dios, que es a la vez Amor y Poder. La fe es desprendernos de nuestras ansiedades y temores, de nuestras dudas y desesperaciones. La fe es un salto, un impulso, un intento, un no aferrarse a las seguridades. La fe es un don, no se gana a puños. Jesús mandará a sus discípulos a dar testimonio de su fe, a anunciar lo que habían visto, oído y vivido (1 Jn 1, 1-4).
La fe nos da la seguridad de que Dios camina con nosotros, de que para Él y con Él todo es posible, de que con su presencia tenemos todo: sol, luz, paz, bien, vida. Si falta Él, no tenemos nada. Lord Byron tiene estas significativas palabras: «Cuando nos acercamos a casa, es dulce oír cómo ladra el perrito al sentir nuestra presencia, como si quisiera darnos la bienvenida. También nosotros marcharemos un día a la casa del Padre, y es consolador pensar que Cristo nos espera en ella con una dulce sonrisa». Sin fe, estamos perdidos.

La fe es una gracia, un regalo: un don de Dios que exige la respuesta libre y consciente del ser humano. La fe es un don gratuito que nos ha hecho Dios. Dios nos amó primero (1 Jn 4, 19). Nosotros hemos de acogerla, cultivarla, hacer fructificar esos talentos. La fe es un don que exige una respuesta humana. A veces esta respuesta resulta difícil, ya que en muchos momentos nos encontramos en situaciones complicadas que no sabemos cómo resolver, o en momentos difíciles de asumir, o en circunstancias duras, y la vida no es fácil: una enfermedad o la muerte de un ser querido… Cuando las cosas van mal, tendemos a hundirnos, a ponernos tristes, y es entonces cuando deberíamos confiar más en Dios, en los momentos de duda, por la noche, cuando estés cansado y desanimado, cuando aparentemente nada tiene sentido y te sientes confuso y frustrado. Aunque no sepas adónde lleva el camino, dondequiera que estés y sientas lo que sientas, ¡Dios lo sabe! Y no temas, porque Jesús es tu luz y tu fuerza. «Yo soy la luz, el que me sigue no andará en tinieblas» (Jn 12, 46). 

sábado, 21 de febrero de 2015

APRENDER A VIVIR



Un año más se termina y otro va a comenzar. Y, de alguna manera, repetimos dentro de nosotros: Año nuevo, vida nueva. Y ojala fuera así, que nos animáramos a vivir a tope, a descubrir todas las riquezas que hay dentro y fuera de nosotros.

Cuenta David Fischmanl que un padre, queriendo mostrar a su hijo la pobreza, lo llevó a la casa de una familia campesina. Al regresar le preguntó al niño: “¿Qué te pareció la pobreza?”. El niño respondió: “¿De qué pobreza hablas? Ellos tienen cuatro perros y yo tengo uno. Nuestra piscina llega sólo hasta la mitad del jardín; en cambio, ellos tienen un riachuelo que nunca termina. Nosotros tenemos lámparas importadas, ellos tienen estrellas. Nuestro patio llega hasta la pared del vecino, el de ellos termina en el horizonte. Ellos tienen tiempo para sentarse a conversar juntos; en cambio, tú y mamá tienen que trabajar todo el tiempo y nunca los veo”. El hijo finalmente añadió: “Gracias, papá, por mostrarme tanta riqueza”.

La verdadera riqueza la encontramos cuando somos felices y sabemos disfrutar con lo que somos y tenemos. Muchas veces se pretende conseguir la felicidad a base de una carrera de ascensos, de un excesivo trabajo para acumular dinero, de obtener títulos para ser respetado. No se vive el presente por enfocar todas las energías hacia un futuro de ensueños que nunca llega.

El ser humano ha nacido para vivir eternamente, pero se constata, por desgracia, que a muchos la vida se les va como en un suspiro. La vida y la muerte son eternas compañeras; aprendemos a vivir y a morir un poco desde el día que nacemos.

La persona puede vegetar o vivir. Decimos que vegetamos cuando solamente nos preocupamos de comer, trabajar, dormir... El ser humano es algo más: tiene entendimiento, puede pensar y, sobre todo, puede hacer el bien, amar.

Nunca aprendemos a saber vivir y saber morir. Pablo VI en una reflexión sobre la muerte decía: “¡Cómo me gustaría, al terminar mi vida, estar en la luz… Todo es don; detrás de la vida, detrás de la naturaleza, del universo, está la Sabiduría; y además… está el amor!”.

A cualquier edad se puede aprender a vivir con otra mirada, con otros valores. Para ello, antes de nada, es necesario ser conscientes de la realidad que se vive.

Es urgente que los padres enseñen a los hijos que la vida es algo más que el aire que respiramos, que la sangre que late en nuestro cuerpo. El niño necesita encontrar la vida plena, la verdadera, abrir su mente y su corazón al Dios de la vida para convivir en armonía con la naturaleza, las cosas y las personas. Por desgracia no son muchos los maestros que enseñan a vivir bien.

Las personas, por otra parte, acumulan recuerdos, sentimientos, estados de ánimo, temores, rencores, formas de convivencia agresivas que entorpecen la comunión y la participación comunitaria.

Hemos de aprender a vivir. Lo cotidiano es el escenario obligado. Para ello es importante saber manejar las emociones agradables o desagradables, disminuyendo éstas y aumentando las otras. El resultado será la paz, la alegría, la serenidad, la jovialidad.

“El Reino de Dios está dentro de ustedes” (Lc 17,21), es el tesoro escondido, la fuente de la felicidad y está al alcance de cada uno.

sábado, 7 de febrero de 2015

UN GESTO DE PAZ.


Dentro de nosotros se gesta la paz o la guerra, de nuestras actitudes y relaciones con los demás depende el futuro de la humanidad. La paz, como la vida, escuchamos con frecuencia, están gravemente amenazadas. El poder destructor de muchas naciones es enorme. El mundo está dividido, ricos y pobres, divisiones raciales, divisiones nacionales y culturales, las injusticias son enormes. La gravedad del momento exige una revolución de amor.

La paz es fruto de la justicia y del amor. Un gesto habla más que mil palabras y así se hace en el momento de la Eucaristía. Con el gesto de la paz nos preparamos para la comunión. Antes de recibir a Jesús nos damos unos a otros la paz. El gesto de la paz ha cambiado en la historia hasta llegar a su forma actual. Los primeros cristianos se daban en la celebración el famoso beso de la paz, del que habla San Pablo (Rm 16,16).

El Misal describe así la intención del gesto de paz: los fieles “imploran la paz y la unidad para la Iglesia y para toda la familia humana, y se expresan mutuamente la caridad antes de participar de un mismo pan”. ¿De qué paz se trata? José Aldazabal nos apunta que se trata de la paz de Cristo. Es la paz de Cristo. No una paz que conquistamos nosotros con nuestro esfuerzo, sino que nos concede el Señor. No es una paz humana, se trata de la paz de Cristo: “la paz os dejo, mi paz os doy”. La paz es, sobre todo, don del Espíritu.

Es un gesto de fraternidad cristiana y eucarística. Un gesto que nos hacemos unos a otros antes de atrevernos a acudir a la comunión: para recibir a Cristo nos debemos sentir hermanos y aceptarnos los unos a los otros. Vista así, la actitud de fraternidad en Cristo es el fruto principal de la Eucaristía. El que nos une en verdad –por encima de gustos, amistades e intereses– Cristo Jesús, que nos ha hecho el don de su Palabra y ahora el de su Cuerpo y su Sangre. La actitud de fraternidad se exige para la comunión y ésta nos lleva a compartir, pues aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, porque participamos de un mismo Pan.

Es una paz universal: sea quien sea el que está a nuestro lado –un anciano, un niño, un amigo, un desconocido– nuestra mano tendida y nuestra sonrisa es todo un símbolo de cómo entendemos la paz de Cristo. Cristo se entrega a todos por igual. Comulgar con Cristo conlleva comulgar con los otros y terminar con toda clase de barreras y divisiones.

Es una paz en construcción, nunca del todo conseguida. Los cristianos piden la paz, al mismo tiempo que se comprometen a ella como a una tarea. El darse la paz es más que un gesto, es un compromiso de buscar y trabajar por la paz. Jesús, el Príncipe de la Paz, ha venido a traernos la paz y a hacer de cada cristiano un instrumento de paz.

Amin Malouf, novelista libanés, apostaba, ya antes de caer las torres gemelas, por una “construcción multicultural de la identidad, configurada desde pertenencias múltiples”. Necesitaremos pasar de la agresividad a la convivencia y de la religiosidad de cruzada a la espiritualidad de reconciliación. Para ello es necesario unir oraciones, fuerzas y corazones para derribar muros y limar diferencias.

Hace unos años se reunieron en Asís unos cuantos líderes de distintas religiones para orar por la paz. Cada uno oró por separado y luego oraron todos juntos.

“Señor, haz de mí un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde hay desesperación, yo ponga la esperanza. Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser amado, cuanto amar” (san Francisco de Asís)

domingo, 1 de febrero de 2015

Nacidos para esperar .



La esperanza es connatural al ser humano. Los seres humanos necesitamos la esperanza para seguir viviendo. De ella echa mano el enfermo para luchar y curarse; el prisionero para hacer todo lo posible por salir de la esclavitud.

A pesar de todos los adelantos, el mundo parece un inmenso vacío donde la persona se siente sola y desamparada. Las falsas esperanzas nacen por todas partes y, como éstas no pueden llenar el corazón humano, surge un mundo sin esperanza. Las personas no esperan mucho de la sociedad, de los demás, de sí mismas. El mal humor, la tristeza se hacen cada vez más presentes, el cansancio se adueña del alma; desaparece la alegría y las personas no saben dónde encontrar fuerzas para vivir.

La falta de esperanza se manifiesta en una falta de confianza. Una sociedad sin esperanza es una sociedad sin futuro. Si matamos la esperanza de los débiles, de los marginados y los que no cuentan, enterramos la vida. El abrirnos a Dios y a los demás, los más desesperanzados, puede darnos energías para contagiar y sembrar esperanza. Dios nos ha regenerado por medio de la resurrección de Jesús a una esperanza viva.

Para que algo sea objeto de esperanza debe reunir cinco condiciones: que sea un bien, que sea necesario, que sea posible, que sea futuro y que sea difícil de conseguir. En todo momento tenemos que estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza (1 P 3, 15).

Alguien dijo que la «esperanza es el sueño de un hombre despierto». «La virtud que más me gusta, dice Dios, es la esperanza… Esa pequeña esperanza que parece una cosita de nada, esta pequeña niña esperanza inmortal». En estos conocidos versos de Charles Péguy nos mostraba a Dios sorprendido por la esperanza. No le resulta sorprendente a Dios la fe y la caridad. En la Biblia vemos cómo Dios espera en los seres humanos y a los que esperan en Él les brotan las fuerzas.

Cada día nace el anhelo de buscar un porvenir más humano y más justo. «Si no se espera, no se dará con lo inesperado», afirmaba Heráclito. Pero esta espera tiene que ser activa; la esperanza de los brazos cruzados no funciona. La esperanza cristiana se compromete a trabajar por un mundo más justo, más libre y más fraterno. Sin embargo, hay momentos en la existencia en que algunos repiten, como Israel: «Nuestra esperanza se ha destruido» (Ez 37, 11). Pero los profetas siguen anunciado paz, salvación, luz, redención. Israel «será saciado de bendiciones» (Jr 31, 14).

A muchos se les marchita la esperanza ante las dificultades de la vida. Sin embargo, hay otras personas que renacen de sus cenizas, esperando con gozo, paciencia y confianza. Hay una gran certeza y una gran dicha en el que espera (Tt 2, 13), apoyado en la seguridad de conseguir lo que anhela. Esperar supone tener paciencia y confianza. Somos amigos de la prisa, de la eficacia, de la impaciencia. Igual que el labrador tiene que aguardar pacientemente a que llegue el tiempo de recoger los frutos, así quien desea cosechar, tendrá que armarse de mucha paciencia para que los problemas puedan resolverse, para que el otro pueda crecer, para que uno mismo pueda cambiar.

Debemos, pues, sembrar esperanza, poner la esperanza al sol, al abrigo de la fe y del amor, lo mismo que se ponen ahora las plantas de exterior para que den fruto en primavera, para que crezcan. Debemos recuperar la esperanza robada por el miedo, por las tristezas, por los fracasos… Levantarse, ponerse en pie y dejar que Dios nos guíe, aunque el camino sea largo y empinado, y seguir soñando con los ojos abiertos.

sábado, 24 de enero de 2015

LA ENFERMEDAD NOS HERMANA.



El dolor nos hermana a todos. La capacidad humana ante el sufrimiento es ilimitada. Todo lo que nos cae encima, lo aguantamos; pero el miedo a sufrir nos paraliza y nos roba las fuerzas para poder sobrellevarlo. Cuando no tenemos miedo al dolor, sufrimos mucho menos. El dolor nos desarraiga de todo, menos de nosotros mismos. “Allí donde hay dolor hay terreno sagrado; algún día te darás cuenta de lo que esto significa” (R. Hart Davis). La enfermedad es a veces como un parásito que roba, “chupa”, energías, ilusiones, amigos y vida. La verdad es que la enfermedad nos quita todas las caretas, acaba con las vanidades y nos produce clarividencia. Ante la enfermedad sólo hay una solución: ser realista y aceptarla. Si uno se ama, se ama también enfermo.

La enfermedad aparece pronto en la vida de Teresa e irrumpe con ímpetu. Ella recordará más tarde con todo lujo de detalles aquellos días aciagos y extremos en que casi rozó la sepultura. Y aunque se recupere, nunca más volverá a ser una persona sana ni a disfrutar de buena salud. Sus quejas, aunque hechas con gracia y buen humor, salpican todos y cada uno de sus escritos mostrando que son “el pan de cada día” de Teresa de Jesús. En medio del huracán de sus enfermedades, Teresa acierta a encontrar el modo de convivir con ellas sin hacer concesiones y sin negarse nada de lo que quiere hacer en la vida. Actúa siempre “como si” estuviera bien, “como si” pudiera. Ella aprende pronto que hace más el que quiere que el que puede, y que no hay nada más fuerte que la propia voluntad de vivir.

De sus experiencias como enferma, Teresa saca la sabiduría necesaria para tratar a las hermanas enfermas y su pluma adquiere tintes enérgicos cuando manda a sus hijas quitarse el bocado de la boca para darlo a quien más lo necesite. Sus recomendaciones para el trato de las enfermas no tienen desperdicio. Pide que se las rodee de cuidados, que se les proporcione una buena higiene y que no les falte nada en medio de la pobreza que reinaba en sus monasterios. El amor, así lo entiende ella, suple de manera ingeniosa los desafíos de la pobreza y envuelve en ternura y mimo a las hermanas que sufren enfermedad. Aquí brilla de modo especial ese humanismo teresiano del que ya hemos hablado, y que hace de la espiritualidad teresiana un calco del espíritu evangélico imitando al Maestro que pasaba haciendo el bien y curando las enfermedades. Y es así, en el aguante diario de las impertinencias de los ‘males femeninos’ y en la búsqueda imaginativa del ‘como si’ uno estuviera bien, como Teresa consigue aprender todo lo que a primera vista no vemos de ese estado de penuria humana que es la enfermedad y el dolor. Descubrir esta sabiduría entre sus escritos, es una tarea apasionante.

Santa Teresa tuvo muchas enfermedades. Hay un libro titulado: Las Enfermedades de Santa Teresa de A. Senra. El libro busca reconstruir la historia clínica de Santa Teresa a partir de los datos que ella misma suministra de sus síntomas y signos clínicos en su autobiografía y en sus cartas, complementadas por las aportaciones de autores contemporáneos. El libro tiene en cuenta las circunstancias geográficas, históricas o familiares de la Santa enferma, y analiza exhaustivamente las fuentes de información de los datos clínicos para convertirlos en síntomas y signos. Experimentó la enfermedad del cuerpo y del alma.

En el libro de la Vida 4, 5 nos narra algunos de sus males: desmayos, males de corazón. A mal tan grande, su padre quería buscar remedio, y como no lo encontró en los médicos de Ávila, la llevó a la famosa curandera de Becedas. Las curas añadieron más tormento a su enfermedad. Ella misma dice que “me tenía casi acabada la vida”. No podía comer nada, si no era bebida. Estaba desahuciada; los dolores eran desde los pies a la cabeza.

La joven Teresa sólo anhelaba recuperar la salud para poder servir a Dios. Por ello, al verse tan tullida y no acertada por los médicos de la tierra, determinó acudir a los del cielo para que la sanasen, aunque con mucha alegría lo llevaba todo. Y fue entonces cuando encontró su abogado, san José. Nunca lograron la enfermedad ni los contratiempos acobardar a la Santa.