sábado, 12 de marzo de 2016

Vivían sin corazón.

 

Dicen que hace mucho, un famoso inquisidor murió de repente, al llegar a su casa, tras el auto de fe en que habían quemado a un hereje condenado por él. Y cuentan que ambos llegaron simultáneamente al juicio de Dios y que se presentaron, como todos los hombres, desnudos ante su Tribunal. Y añaden que Dios comenzó su juicio preguntando a los dos qué pensaban de él. Y emprendió el hereje un complicado discurso exponiendo sus teorías sobre Dios, precisamente las mismas por las que en la tierra había condenado. Dios le escuchaba con asombro, y por más preguntas que hacía y más precisiones con las que el hereje respondió, seguía Dios sin entender nada y, en todo caso, sin reconocerse en las explicaciones que el hereje le daba. Habló después, lleno de orgullo, el inquisidor. Desplegó ante Dios su engranaje de ortodoxia, el mismo cuya aceptación había exigido al hereje y por cuya negación le había llevado a las llamas. Y descubrió, con asombro, que Dios seguía sin entender una palabra y que, por segunda vez, no se reconocía a sí mismo en la figura de Dios que el ortodoxísimo inquisidor le presentaba, ¿Cuál de los dos era el hereje?, se preguntaba Dios. Y no lograba descubrirlo. Porque los dos le parecían no sabía si herejes, si dementes o simples falsarios.

Como la noche caía y cuantas más explicaciones daban el uno y el otro más claro quedaba que Dios no era eso y más confusa la respectiva condición de hereje o de inquisidor en cada uno, acudió Dios al supremo recurso: encargó a sus ángeles que extrajeran el corazón de los dos y que se los trajeran. Y entonces fue cuando se descubrió que ninguno de los dos tenía corazón.


José Luis Martín Descalzo.


No se puede vivir sin corazón, pero más difícil aún es amar con un corazón de piedra. Y Dios pide que nos amemos “intensamente los unos a los otros, con corazón puro” (1 P. 1.22); sin fingimiento. Esto es irrealizable si no se tiene la más ligera idea de quién es Dios, si no se está unido a El por medio del amor, y cuando falta éste, el hermano pasa desapercibido.

El amor no consiste en saber muchas cosas acerca de Dios, ni en rezar bonitas oraciones. Santa Teresa dice que una vida sin amor, no vale para nada.

“Que no, hermanas; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedas dar un alivio no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella, y si tiene algún dolor te duela a ti y si fuese menester, lo ayunes para que ella lo coma…Esta es la verdadera unión con su voluntad” (Moradas quintas 3.11).

La voluntad por excelencia es la de la caridad. La perfección verdadera consiste en el amor a Dios y al prójimo. “La más cierta señal de que guardamos estas dos cosas es guardando el amor del prójimo ya que el amor de Dios no lo podemos ver, pero el del prójimo si” (Moradas quintas 3.8).

Sin Dios, se vive sin corazón, o éste es de piedra, o es un corazón solitario y “un corazón solitario no es corazón” (Machado).

sábado, 5 de marzo de 2016

Una palabra lo mató.


Jacques era alguien a quien casi todo le había ido bien en la vida, como suele decirse: hijo de familia adinerada, poseía una buena cultura y no tenía problemas en su futuro. Sólo tenía un problema: era jorobado.

La suya era una joroba graciosa que incitaba más a la broma que al desprecio. Y cuando Jacques caminaba por la calle no podía dejar de percibir las miradas de la gente, unas miradas irónicas que a él se le clavaban como puñales. Los niños le gritaban: “¡Cheposo, cheposito!” Los mayores, entre cariñosos y crueles, le decían: “déjanos tocarte, nos darás suerte”. Y entonces, Jacques se escabullía o se encerraba en su casa. Para llorar. Porque se daba cuenta de que en este mundo para poder vivir cómodamente entre los demás hay que ser como los demás. Porque en el mundo no hay sitio para los que son distintos.

Hace días, Jacques se cansó de su soledad. Compró en una farmacia un tubo de tranquilizantes. Quería dormir, dormir, dormir. Y olvidarse de su joroba.

Pero como Jacques no odiaba a quienes tan larga y lentamente le estaban asesinando con sus miradas, quiso que su desgracia no fuera del todo inútil. Se acercó a un hospital y donó sus ojos. Para que, al menos, al descender él a las tinieblas, pudiera darse luz a un ciego. Para que de su desesperación naciera una esperanza. Para devolver bien con sus ojos a un mundo que, con sus ojos, tanto le habían acosado.


José L. Martín Descalzo


A Jacques todo le sonreía en la vida, menos su joroba. A causa de ella, las miradas burlonas de la gente y, sobre todo, sus palabras, le arrancaron del alma la poca vida que le quedaba. A Jacques le mataron las miradas y las palabras desaprensivas.

La palabra mata o da vida, destruye o crea, divide o une. Nuestras palabras humanas son contrarias a las de Dios. El creó y nosotros destruimos. Vivimos en una especia de antagonismo frente a Dios. Por eso el ser humano afirma contra la voluntad de Dios:

Posea yo todo el poder en el cielo y en la tierra. Haya gran división entre los pueblos. Reunamos nuestras fortunas y creemos instrumentos para defendernos.

Fabriquemos armas que puedan destruir grandes multitudes. Hagamos a Dios a nuestra imagen y semejanza.

“Así acabó el ser humano con el cielo y con la tierra. Y la tierra volvió a ser un mundo vacío y sin orden” (C.E.P.).

Si queremos llenar nuestro mundo de vida, tenemos que acoger la Palabra que es “espíritu y vida” (Jn.6.63), para que haya luz, agua, cielo, tierra y amor. Entonces nuestra palabra será constructiva, no destructiva y llegará a todos los corazones.

sábado, 27 de febrero de 2016

Los dos cangrejos.




Decía un cangrejo a su hijo que observaba que andaba con las piernas torcidas, defecto de que deseaba corregirse.

Madre mía, respondía el hijo, yo no hago sino lo que veo que hacéis vos. Si andáis de la misma manera ¿cómo queréis que yo me corrija? Vos debíais haberos corregido primero.

Antes de reprender a otros, debemos procurar corregirnos nosotros mismos.


Esopo



Los niños son fruto del ambiente que respiran. Hacen lo que ven. La educación comienza antes de nacer y dura toda la vida, pero es en los primeros seis años es cuando asimilan casi la mayoría de las cosas. Ellos no aprenden por adoctrinamiento o sermones.

La vida es la mejor escuela y el hogar el lugar más idóneo para recibir un buen ejemplo. Se necesitan verdaderos padres que sean testigos, que tengan vida, que arrastren, que llenen de ilusión y esperanza, que vivan lo que creen, con valores y actitudes evangélicas.

La educación es arte y es tarea difícil, pero se facilita enormemente cuando hay amor, cuando el que crece lo hace en un ambiente de amor y ternura, de acogida, de aliento, de aceptación y amistad.

Los niños aprenden lo que ven y son hijos del ambiente en el que se desenvuelven.

“Si un niño vive en ambiente de críticas
Aprende a condenar.

Si un niño vive en hostilidad
Aprende a pelear.

Si un niño vive en ridículo
Aprende a ser tímido

Si un niño vive con pena
Aprende a sentirse culpable

Si un niño vive con aliento
Aprende a tener confianza

Si un niño vive con alabanza
Aprende a apreciar

Si un niño vive con justicia
Aprende a tener fe

Si un niño vive en un ambiente de aprobación
Aprende a quererse

Si un niño vive con aceptación y amistad
Aprende a encontrar amor en el mundo”.


(Dorothy Law Nolte)

sábado, 20 de febrero de 2016

Obras mejor que palabras.



Se cuenta que un día una madre atribulada de acercó a Gandhi con su hija y le explicó que ésta tenía el habito de comer más dulce de lo conveniente. “¿Querría el señor Gandhi, le preguntó, hablar a la chica y persuadirla a que deje esta nociva costumbre?” Gandhi se sentó un momento en silencio, y dijo después “Tráeme a tu hija dentro de tres semanas y entonces la hablaré”. La madre se fue según se lo había mandado y volvió después de tres semanas. En esta ocasión Gandhi tomó aparte a la muchacha y en unas pocas y sencillas palabras le demostró los efectos perjudiciales del exceso de dulce; le urgió a abandonar la costumbre. Agradeciendo a Gandhi el haber dado a su hija tan buen consejo, la madre con voz temblorosa dijo: “Me gustaría saber ahora, Gandhi-ji, por qué no dijiste estas palabras a mi hija hace tres semanas, cuando te la traje”. “Hace tres semanas, le explicó Gandhi, yo mismo era muy aficionado a comer cosas dulces”

Miguel Limardo


Las palabras mueven, los ejemplos arrastran. Es verdad. No hace falta que traten de convencernos que el mejor remedio para acabar con toda clase de dependencias, es que el que da el consejo sea libre. Pero por desgracia vemos que la práctica es muy distinta, pues “es más fácil predicar que dar trigo”. Sin embargo, hacen muy bien los doctores en aconsejar a los enfermos sobre los perjuicios que acarrean el tabaco y el alcohol, aunque ellos fumen y beban.

Gandhi estaba convencido de que había que ser consecuentes con lo que se creía. “Cuando leo el evangelio, me siento cristiano, ero cuando os veo a los cristianos hacer la guerra, oprimir a los pueblos colonizados, emborracharse, fumar opio…, me doy cuenta de que no vivís el evangelio” (Gandhi).

San Agustín fue un gran pecador. Pero tuvo la suerte de tener una madre cristiana que a base de oraciones, muchas lágrimas y amor incondicional le salvó. Tardó muchos años, pero al fin Agustín se encontró con el amor de Dios a través del comportamiento de su madre.

De ella recibió el tesoro de buenas obras, sabias enseñanzas, mucha fe y mucho amor. “Lo mejor que un padre puede dejar a sus hijos es el ejemplo de sus virtudes y la herencia de sus bellas acciones (Cicerón).

Bastaría que alguien nos amara de verdad, para dejar de comer dulce, aunque él siga con esa y otras tantas adiciones.
“Bastaría que nos sintiéramos amados incondicionalmente de una sola persona para estar sanos y bien desarrollados” (Leo Buscaglia).

sábado, 13 de febrero de 2016

Servir cada día.




Dos hombres pidieron a su ángel que les comunicara algo del poder de Dios. El ángel accedió.

El primero pidió poder para hacer cosas extraordinarios. El ángel le dijo “Tendrás poder sólo para cosas prodigiosas. Pero no tendrás un poder especial para lo ordinario”.

Fascinado, el hombre comenzó a hacer cosas prodigiosas: adivinaba el pensamiento, ganaba dinero a manos llenas en los negocios y juegos de azar, creaba grandes inventos…Y era muy feliz. Pero al poco tiempo perdió su trabajo, y no pudo hacer nada. Luego su mujer lo dejó, y no pudo hacer nada. Se enfermó de modo que apenas podía caminar, y no pudo hacer nada. Y perdió la felicidad.

El segundo hombre pidió poder para cosas ordinarias. El ángel se lo otorgó, y le dijo que en ese caso Dios no le daba poder para nada extraordinario. Y el hombre siguió igual que antes, con su modesto trabajo, su familia y su salud. Y le agradeció al ángel porque lo había hecho feliz.

Segundo Galilea



Jesús, al lavar los pies a sus discípulos en la Última Cena, quiso transmitir con un gesto lo que el hizo en su vida: “El no había venido a ser servido, sino a servir. El estaba en medio de ellos como quien sirve” (Lc 22.27). Servir es ponerse más bajo que el otro, inclinarse ante él, “despojarse del rango que se tiene y…amar hasta el extremo”

Y ese gesto, enseñanza y mandato lo han acogido los cristianos.

Cada día, en la familia y en la sociedad, infinidad de personas siguen sirviendo con amor: Madres y padres que lavan a sus hijos. Hijos que lavan a sus padres ancianos. Voluntarios que limpian a paralíticos y enfermos y que con su vida de entrega, lavan los ojos y corazones de los sanos.

El poder de Dios se manifiesta a través del servicio de cada día. Aquellos que han recibido la gracia de dedicar toda su vida al servicio de los hermanos, son felices y llenan de bondad toda la tierra.

“El que quiera ser el primero entre vosotros, sea siervo de todos, pues el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención de muchos” (Mc 10.44-45).

sábado, 6 de febrero de 2016

La alegría del que sirve.





Hay un bonito cuento de una niña que, al pasar por un prado, ve una mariposa clavada en un espino.

La niña la libera con todo cuidado y la mariposa alza el vuelo. Luego da media vuelta y se convierte en un hada. “En premio a tu bondad, quiero concederte un deseo”, dice a la niña. Esta lo piensa un momento y responde: “Quiero ser feliz” El hada se inclina, le dice unas palabras al oído y desaparece.

A medida que la niña iba creciendo, no había en todo el lugar nadie más feliz. Cuando alguien le preguntaba el secreto de su felicidad, ella sonreía y decía: “Escuché las palabras de un hada”.

Cuando fue anciana, los vecinos temían que pudiera llevarse a la tumba su maravilloso secreto. “Cuéntanos por favor qué te dijo el hada”, le suplicaban. Y la viejecita respondió con una sonrisa: “El hada me dijo que por muy seguros de sí mismos que parecieran, todos me necesitaban”.

Todos nos necesitamos unos a otros.

Leo F. Buscaglia



Un día le preguntaron a Gerard Bessiere cómo se las arreglaba para estar siempre contento, para tener siempre la cara iluminada por la sonrisa. El remedio, contestó, es “salir de uno mismo” buscar la alegría donde está, e interesarse por los demás.

Quien renuncia a su felicidad, la encontrará duplicada en los demás. Por eso dice Jesús: “Quien pierda su vida, la ganará” (Mc 8.35).

Todos somos necesarios y todos nos necesitamos.

Bien lo han comprendido los que no sólo se dan durante la vida, sino hasta después de muertos, y donan su cuerpo, sus ojos, su corazón, su hígado…Así siguen viviendo y dando vida a otros.

Un buen ejemplo de amor y servicio lo tenemos en la madre Teresa de Calcuta. Cada día sus hijas recogen a miles de personas hijas del hambre y de la muerte, faltas de cariño y de amor. Sólo el silencio de la noche sabe la dedicación de estas personas y otras muchas que laboran en una vida oculta y entregada. Es el servicio el único afán de todos aquellos que recogieron y se adueñaron del mandato de Jesús: sirvan a todos.

Gabriela Mistral cantó magistralmente un himno al servicio:

Toda la naturaleza es un anhelo de servicio. Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.

Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú; donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú; donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.

Sé el que apartó la piedra del camino, el odio entre los corazones y las dificultades del problema.

Hay alegría de ser sano y de ser justo; pero hay, sobre todo, la hermosa alegría de servir.

Qué triste sería el mundo si todo en él estuviera hecho, si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender.

Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito con los grandes trabajos; hay pequeños servicios que son buenos servicios; adornar una mesa, ordenar unos libros, peinar una niña.

Aquel es el que critica; éste es el que destruye. Tú sé el que sirve. El servir no es tarea sólo de seres inferiores. Dios que da el fruto y la luz que sirve, pudiera llamarse EL QUE SIRVE.

Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién? ¿Al árbol? ¿A tu amigo?¿A tu madre?

sábado, 30 de enero de 2016

Maestro y amigo.


Había un joven, huérfano, que por falta de educación y dirección había caído en muchos vicios. Queriendo salir de ese estado buscó maestros que lo ayudaran.

Se hizo discípulo de un primer maestro, quien le indicaba en qué tenía que cambiar, y lo motivaba: “Eso no está bien…así nunca serás un hombre de provecho…Tienes muchas cualidades, y si cambias tendrás un gran porvenir…” El joven era ambicioso y se esforzaba, pero, con todo, no progresaba lo que quería. Ese maestro no le bastaba.

Se hizo discípulo de un segundo maestro, quien le exigía los mismos cambios. Pero, además, el joven se relacionó con su maestro con un gran cariño y amistad. Pasaba temporadas viviendo con él, y, sobre todo, quería ser como él, libre de vicios y ambiciones pequeñas. Con el tiempo, la amistad íntima consiguió lo que no habían conseguido las exhortaciones, y el joven se encontró liberado.

Segundo Galilea

Algo tiene la amistad y el amor que hace cambiar al que ha probado toda clase de métodos ineficaces. De esto da testimonio aquel joven que había recibido buenos consejos de dos maestros, pero sólo el que se hizo cercano y amigo logró arrancar de su corazón todos los vicios.

Jesús fue un maestro que se hizo amigo de los discípulos y por ellos dio la vida. El es el Buen Pastor, que conoce de verdad a los suyos, importándole hasta los mínimos detalles de su existencia. Como Buen Pastor:

Da la vida por las ovejas;
va delante de ellas, abriéndolas el camino;
busca nuevos pastos;
le interesan las otras ovejas que no le conocen.

“Buscará la oveja perdida, tornaré a la descarriada, cuidaré a la herida y sanaré a la enferma” (Ez. 34.8-16).

Nosotros somos ovejas y pastores. Como ovejas tenemos que escuchar la voz de Jesús y seguirle para poder, al mismo tiempo, dejar de ser malos pastores en la familia y en la sociedad.

Los malos pastores:

Se aprovechan de los demás, los engañan, los corrompen y maltratan.