viernes, 17 de junio de 2016

¡Calma hermano. Todo tiene su tiempo!


Recuerdo una mañana en que yo había descubierto una crisálida en la corteza de un árbol en el momento en que la mariposa rompía la envoltura y se preparaba a salir.

Esperé un largo rato; pero tardaba demasiado, y yo tenía prisa. Nervioso, me incliné y me puse a calentarla con mi aliento. Yo la calentaba, impaciente, y el milagro empezó a realizarse ante mí, a un ritmo más rápido que el natural.

La envoltura se abrió, la mariposa salió arrastrándose, y no olvidaré jamás el horror que experimenté entonces: sus alas no estaban todavía desplegadas y con su pequeño cuerpo tembloroso, se esforzaba en desplegarlas. Inclinado sobre ella, la ayudaba con mi aliento…

En vano.

Era necesaria una paciente maduración y el despliegue de las alas debía hacerse lentamente al sol; ahora era demasiado tarde, mi aliento había obligado a la mariposa a mostrarse, completamente arrugada, antes de hora. Se agitó desesperada, y, algunos segundos más tarde, murió en la palma de mi mano.

Yo creo que este pequeño cadáver es el mayor peso que tengo sobre mi conciencia. Pues, hoy lo comprendo bien; forzar las grandes leyes es un pecado mortal. No debemos apresurarnos, no debemos impacientarnos. Seguir con confianza el ritmo eterno.


Alexis Zorba



“No debemos apresurarnos, no debemos impacientarnos”. La prisa, la ansiedad, la tensión nos incapacitan para vivir el presente en paz y poder gozar de cada acontecimiento; el paisaje y las personas pasan desapercibidos, la mente siempre está ocupada en lo que no está haciendo, sino en lo que va a hacer y como consecuencia surgen sentimientos de insatisfacción, ansiedad, enojo, temor y culpa.

Vivimos en la era de la tensión, de la enfermedad del corazón, de los nervios y de la presión arterial. “Los hombres no mueren de enfermedad, sino de combustión interna” (W.Muldoom) y así se va quemando la alegría, la inocencia y la actividad creadora.

El Royal Bank of Canada en una de sus cartas comerciales puso este título: “Calmémonos” Y seguía diciendo: “somos víctimas de una creciente tensión; nos es difícil relajarnos. Inmersos en la vorágine diaria no vivimos plenamente. Debemos recordar lo que Carlyle llamó “la supremacía de la calma del espíritu sobre las circunstancias”.

Necesitamos mucha calma, mucha paciencia para respetar el proceso normal de crecimiento de las cosas, animales y personas. El tiempo no se detiene, pero tampoco se debe apresurar. Los minutos van uno detrás del otro y así sucesivamente los días, los meses y los años. Hay que darle tiempo al tiempo, porque todo se debe hacer a su debido tiempo.

“Todo tiene su momento y todo cuanto se hace debajo del sol tiene su tiempo. Hay tiempo para plantar y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo de destruir y tiempo de edificar; tiempo de llorar y tiempo de reir; tiempo de lamentarse y tiempo de danzar; tiempo de esparcir las piedras y tiempo de amontonarlas; tiempo de abrazarse y tiempo de separarse; tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de guardar y tiempo de tirar; tiempo de rasgar y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de amar y tiempo de aborrecer, tiempo de guerra y tiempo de paz” (Ec. 3.1-8)

sábado, 11 de junio de 2016

Aprender a comer lentejas.


Estaba el filósofo Diógenes cenando lentejas cuando le vio el filósofo Aristipo, que vivía confortablemente a base de adular a rey.

Y le dijo Aristipo: “Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas”.

A lo que replicó Diógenes: “Si hubieras tú aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey”.

Anthony de Mello


A los niños les enseñan a comer lentejas y otros alimentos. La dificultad no está en cómo comer, sino en conseguir las lentejas. Cuando no se encuentra comida, es fácil caer en cualquier tentación que se presente: adulación, manipulación, chantaje, robo…

Se cede a la tentación cuando no se ha recibido una buena herencia acompañada de una mejor educación que le permita a la persona crecer en libertad y en responsabilidad. Es más cómodo abandonarse a la comodidad que esforzarse cada día por mantenerse fiel a la conciencia.

La psicología nos ayuda a cambiar nuestras conductas. Con respecto a los rasgos aprendidos, el yo soy así debe sustituirse por el yo aprendí a ser así. La frase: yo no puedo, debe ser sustituida por el yo no quiero, y la de, yo no sé, por la de, yo puedo aprender.

Es posible comer lentejas antes que seguir adulando; pero para ello se necesita convencerse de que uno puede y quiere hacerlo antes que adular. Es necesario cambiar el modo de pensar para cambiar la manera de actuar. Para poner manos a la obra hay que luchar con ahínco y tener la generosidad y fortaleza de las almas grandes.

Newton, huérfano de padre a poco tiempo de nacer, fue además un niño enfermo.

San Juan de la Cruz compuso sus mejores poesías en la cárcel de Toledo.

San Pedro Claver atendió más de 300.000 esclavos, teniendo en contra a los traficantes.

Chaplin conservó el humor a pesar de tener a su padre alcohólico y a su madre loca.

Quien vence las primeras dificultades y se hace fuerte en la hora adversa, no necesita vender su conciencia para poder vivir honradamente y lograr las metas propuestas.

sábado, 4 de junio de 2016

Aceptarse a sí mismo.


Cuenta una bonita historieta que una mañana todo estaba triste en el jardín del rey. Se le preguntó al roble por qué estaba triste y respondió que la causa de su tristeza se debía a que no era tan alto como el pino. El pino estaba descontento porque no producía apetitosas uvas como la vid. La vid estaba desilusionada porque no podía conservarse en forma erecta como el melocotonero. El melocotonero estaba apenado porque no daba lindas flores como el geranio. El geranio estaba enojado porque no tenía la fragancia de las lilas. En fin, todos estaban tristes en el jardín. Sólo había allí una humilde florecita que resplandecía de alegría y se sentía muy feliz. Era nada menos que la humilde violeta. Cuando le preguntaron a qué se debía el secreto de su alegría, respondió: “Porque estoy contenta como soy”.


Limardo



“Estoy contenta con lo que soy”, decía la violeta. Este es el secreto de la felicidad: contentarse con lo que se es y con lo que se tiene. Pero no podemos contentarnos con lo que tenemos si no hemos descubierto lo que somos y aceptamos esa forma de ser.

¿Qué autoimagen tengo de mi mismo?

Somos fruto de lo que pensamos, de cómo nos vemos. Lo que recibimos de niños, de palabra o de obras, las experiencias que tenemos, van formando nuestra imagen. Esta puede ser de aprecio o de desprecio, según se haya acogido o rechazado. Según sean los sentimientos, positivos o negativos, así serán las conductas. Si quieres “aprender a vivir jubilosamente, justipréciate y ten conciencia de tu dignidad” (Leo Buscaglia). Procura transformar la imagen negativa en positiva.

Según Maltz una imagen positiva conlleva, principalmente:

Aceptarse a sí mismo;
poseer una autoestima grande;
creer en sí mismo;
poseer un yo libre;
tener un yo real, un yo que conozca sus cualidades y defectos.


Cuando la autoimagen es real, segura y positiva, uno se siente alegre y feliz; cuando es insegura, negativa, amenazada, la persona se siente triste, infeliz e insegura.

Gran sabiduría posee el que cambia lo que puede y acepta con serenidad y alegría lo que no puede cambiar.

“Dios mío, concédeme serenidad para aceptar
lo que no puedo cambiar.
valor para cambiar lo que puedo,
y sabiduría para reconocer la diferencia”
Así rezan los Alcohólicos Anónimos.

sábado, 28 de mayo de 2016

El tener engendra violencia.




Una anciana falleció y fue llevada por los ángeles ante el Tribunal. El juez descubrió que aquella mujer no había realizado un solo acto de caridad, a excepción de cierta ocasión en que había dado una zanahoria a un mendigo famélico.

Sin embargo, se decretó que la mujer fuera llevada al cielo por el poder de aquella zanahoria. Se llevó la zanahoria al tribunal y le fue entregada a la mujer. En el momento en que ella tomó en su mano la zanahoria, ésta empezó a subir como si una cuerda invisible tirara de ella, llevándose consigo a la mujer hacia el cielo.

Entonces apareció un mendigo que se agarró a la orla del vestido de la mujer y fue elevado junto con ella; una tercera persona se agarró al pie del mendigo y también se vio transportado. Pronto se formó una larga hilera de personas que eran llevadas al cielo por aquella zanahoria.

Siguieron subiendo hasta llegar prácticamente a las puertas del cielo. Entonces la mujer miró hacia abajo para echar una última ojeada a la tierra, y vio toda aquella hilera de personas detrás de ella. Aquello la indignó y, haciendo un imperioso además con su mano, gritó: “¡Fuera!¡Fuera todos de ahí! ¡Esta zanahoria es mía!”

Pero, al hacer aquel imperioso gesto, soltó la zanahoria por un momento…y se precipitó con todos hacia abajo.

Hay un solo motivo de todos los males de la tierra: “¡Esto me pertenece!”


Anthony de Mello



Francisco de Asís, el santo hermanado con la pobreza, sabía bien que toda propiedad encierra un potencial de violencia.

Un día le preguntó el Obispo Guido:

Francisco, ¿por qué no quieres admitir algunas propiedades para tus hermanos? Una Orden o Congregación necesita tenerlas.

Si tuviéramos propiedades necesitaríamos armas para defenderlas, respondió Francisco.

Bien entendía Francisco que la persona es capaz de pisotear herir y matar por defender lo suyo.

Se puede entrar en el cielo con la zanahoria, pero permitiendo que los otros puedan agarrarse a ella.

Quien se apropia y se apega a los suyo, defenderá violentamente hasta sus propias ideas, y cuando se sienta amenazado en su prestigio, se volverá vengativo y amenazador.

“En un sentido positivo, la no violencia significa un máximo de amor, una caridad perfecta. Si soy no violento, tengo que amar a mi enemigo. Me parece inconcebible una enemistad perpetua entre los hombres. Y es que la tolerancia es inherente a la no violencia.

Uno deja de ser no violento si se atreve a engañar a los demás en los negocios bajo el impulso del odio, de la cobardía y del miedo.

Se puede asegurar que un conflicto se ha solucionado según los principios de la no violencia, si no deja ningún rencor entre los enemigos y los convierte en amigos.

Para defenderse no es necesario tener la fuerza de matar. Más valdría tener la fuerza de morir!. 

(Gandhi).

sábado, 21 de mayo de 2016

El avariento.






Un hombre muy avaro determinó vender cuanto poseía, convertirlo todo en oro y enterrarlo en un sitio oculto. Iba diariamente el tal avaro a visitar su tesoro, pero habiéndolo observado un vecino suyo, lo desenterró y se lo llevó. El desconsuelo del avariento no tuvo igual al ver que le habían robado, y comenzó a llorar y arrancarse los cabellos. Enterado otro hombre de la causa de su dolor le dijo:

¿De qué te servía un tesoro oculto? Coloca una piedra en su lugar, figúrate que es oro, y te servirá tanto como el tesoro verdadero del que nunca usabas.

¿De qué sirve poseer una cosa, si de ella no se disfruta?


Esopo



Gozarse en las cosas, idolatrarlas, adorarlas, poner el corazón en ellas, es ser esclavo y no tener nada. Quien de esta manera se comporta, dice San Juan de la Cruz, “no tiene ni posee nada, antes ellas le tienen poseído el corazón; por lo cual como cautivo, pena” (Subida al Monte Carmelo lb. 3 cap. 20 nº 3).

Pena y sufre el avaricioso, ya que no puede verse nunca harto. No halla el avaro con qué apagar su sed.

La avaricia ciega e impide ver al otro. Muchos no reparan en los medios y métodos de enriquecerse aun a costa de los demás.

Es miserable el que se enriquece a costa del otro, pero no tiene perdón quien lo hace a base del sudor del pobre y no se compadece de sus necesidades.

Decía Santa Teresa:

“Decir a un regalado y rico que es la voluntad de Dios que tenga cuenta con moderar su plato para que coman otros, siquiera pan, que mueren de hambre, sacarán mil razones para no entender esto sino a su propósito” (Camino de Perfección 33.1)

Cuando no hay sensibilidad en el corazón, sobran razones y argumentos para justificar lo que nunca puede ser voluntad de Dios: que otros mueran de hambre.

“A la avaricia se debe que los graneros de unos pocos están llenos de trigo y el estómago de muchos vacío.

Que la elevación de los precios sea peor que la falta de productos. Por ella (la avaricia) viene el fraude, la rapiña, los pleitos y la guerra.

Todos los días busca el lucro a costa de los gemidos ajenos, y se ha convertido la confiscación de los bienes en una industria. El apetito de los bienes ajenos urge con argumentos apasionados, so pretexto de defensa propia. Así argumentan:

Para que lo tenga algún indefenso o algún inocente y lo pierda según las leyes, mejor es que lo disfrutemos nosotros, lo cual es peor que toda violencia, porque aquello que se arrebata por la fuerza alguna vez puede recobrarse, pero lo que se quita con el amparo de la Ley, no.

Gloríese quien quiera de esta injusticia, pero sepa que es el más miserable de los hombres quien se enriquece con la miseria ajena” (San Zenón de Verona)

viernes, 13 de mayo de 2016

Diamantes en bruto




Los plateros hacen obras de arte con la plata. Cuando uno quiere conseguir una buena bandeja de plata la tiene que pulir hasta que en ella se pueda ver el rostro del platero y del comprador.
Cada uno de nosotros es plata, oro, diamante, pero en bruto. Si queremos que los demás vean el rostro de Dios y el nuestro, tendremos que labrarnos, pulirnos o, mejor dicho, dejar que el Señor nos labre y nos saque brillo.
Dios quiere formar parte de nuestra vida y desea ardientemente que crezcamos en su conocimiento y amor. Para crecer en Jesús necesitamos dejar vía libre al Espíritu, “no extinguir el Espíritu”(1 Ts 5,19), “no entristecer al Espíritu” (Ef 4,30), “permanecer llenos del Espíritu” (Ef 5,18).
El crecimiento en la vida espiritual se ve en la práctica. Por los frutos conocemos los árboles. Por los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, generosidad, comprensión, fidelidad, bondad, mansedumbre y dominio propio (Gá 5,22-23), veremos la vida del Espíritu en nosotros. A medida que éstos crecen y echan raíces en la persona, se alejan, como por arte de magia, idolatrías, impurezas, odios, discordias, iras, envidias, divisiones... (Gá 5,19-21).
Hay dos maneras de pensar en el ser humano: con la mentalidad de Dios o con la mentalidad del mundo; vida del espíritu o vida de la carne. No es fácil separar la tiniebla de la luz. La gracia y el pecado forman parte de nuestra existencia. Pero a medida que uno u otro predomine, se viva en Dios o en el mundo, así surgirán las obras.
Dios lo penetra todo, lo invade todo. Y cuando entra, su gracia va transformando al ser humano. De un ser egoísta, atado al dinero y al placer, se pasa a depender de Dios y a vivir para los demás, a tener entrañas de misericordia para con los necesitados, a sembrar justicia, paz y bondad en los ambientes.
Para nosotros, seres terrenos, es imposible vivir la vida de Dios sin su gracia. Pero todo es posible para Él y para quien cree y ha puesto su confianza en el Padre. Es necesario, pues, creer en el Señor más que en los criterios mundanos, dejarse llevar por Él y no por la corriente del mundo, vivir con Él y de Él. Cristiano es aquel que deja a Dios ser Dios, aquél que permite vivir a Cristo para poder decir como Pablo: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gá 2,20). Y cuando vive Cristo en nosotros, los rostros de Dios y del prójimo se hacen visibles y cercanos.
Los cristianos no sólo hemos de seguir a Jesús, sino que hemos de vivir la vida de Jesús. El Espíritu es “dador de vida”, nos transforma en Cristo y nos da el poder de “nacer de nuevo” cada día.    


sábado, 7 de mayo de 2016

Tolo lo alcanza.



“La paciencia es bien amarga, decía Rousseau, pero su fruto es muy dulce” Joseph Addison, poeta y ensayista inglés, relató un sueño que tuvo relacionado con un personaje de la mitología griega. En su sueño escuchó a Júpiter proclamar que todos los mortales deberían traer sus penas y calamidades y amontonarlas en una inmensa llanura. Toda la humanidad se encaminó en una fila larga e interminable. Cada hombre depositó su carga, real o imaginable. Se hizo una montaña que llegaba a los cielos. Luego Júpiter les dio libertad a todos para intercambiar sus penas y retornar a la vida de antes. Entonces se formó una gran confusión porque cada hombre tenía interés en llevar una carga que fuese más liviana. Pero ninguno lo consiguió. Apareció el hada de la paciencia. Posó sus manos sobre las cargas de cada hombre y empezaron a sentir un gran alivio. Se les hacían más llevaderas. Así se fueron por el mundo, satisfechos cada uno con su carga. Eran las mismas, pero la paciencia las había aliviado.

Miguel Limardo


No son las cuestiones filosóficas y los interrogantes que presenta el más allá los que pensionan a nuestra masa humana. No. Son más bien los problemas de cada día los que desgastan los nervios y acaban con la paciencia y la poca esperanza que quedaba.

Cada persona está interesada en llevar una carga más liviana, sin conseguirlo, pues más bien va aumentando y disminuyendo las fuerzas. ¿Cómo aliviar las penas, el peso que se arrastra?

La solución parece mágica por lo sencilla que es. “Basta poner los ojos en Dios, no en lo que se lleva, ya que no da Dios más de lo que se puede sufrir, y da su Majestad primero la paciencia”.(Santa Teresa, Moradas Sextas 1.6). Dios da la paciencia como regalo, y ésta todo lo alcanza, pero cuando se tiene a Dios como única esperanza, ya que el puede colmar todas las aspiraciones del ser humano.

Nade te turbe
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta
Sólo Dios basta.

(Santa Teresa de Jesús, Poesía)