sábado, 9 de mayo de 2015

Ligeros de peso.



 

            Unos escaladores se propusieron subir una montaña difícil y de largo ascenso. Algunos llevaban mucho equipaje, con toda clase de ropa y diversidad de alimentos envasados. En un cierto punto, el exceso de equipaje los agotó y no pudieron seguir.

            Otros llevaban grabaciones musicales, naipes y licores, para relajarse y pasar un buen momento en los lugares de descanso. Pero cada vez que se detenían para ello, lo hacían por un tiempo excesivo y les costaba continuar, seducidos por el licor y la diversión. Hasta que, por fin, se quedaron a la mitad del camino en un lugar cómodo y entretenido, pues habían perdido interés en continuar.

            Otros, en cambio, llevaron lo estrictamente necesario, iban muy ligeros de  equipaje y éste no les cansaba. Tampoco tenían la tentación de detenerse sin motivo o por demasiado tiempo. Ellos fueron los únicos que llegaron a la cumbre, porque eran los más libres de todos.

            Los escaladores de la ardua y alta montaña sabían que tenían que ascender libres de equipaje y de comodidades. Sabían que, cuanto más subían, más tenían que aligerarse de lo que les iba sobrando y que tenían que concentrarse sólo en llegar a la cima, donde se liberarían de todos sus enseres. Pero algunos de ellos, al pasar por mesetas muy hermosas y a bastante altura, decidían quedarse ahí y no seguir, pues el lugar los atraía y gratificaba sus esfuerzos.

Segundo Galilea




            El cristiano tiene los ojos puestos en la cima, en el cielo; pero antes debe caminar, ascender, subir. Y para subir sólo tiene un mandato: caminar a paso ligero y con poco equipaje, ya que éste impide andar y correr.

            Varias tentaciones saldrán en esta larga andadura, como el detenerse con los pasatiempos que ofrece el dinero, el poder, el consumo, el placer, la vanidad, el éxito…

            Jesús fue tentado, también, en el desierto (Mt 4.5-10), para que sacase partido de sí mismo, de su prestigio y de su poder. Sin embargo, prefirió seguir la voluntad del Padre y hacerse solidario con los demás. De ahí:


a)      Su disponibilidad absoluta en todo:
Cargó con los sufrimientos de los otros (Mt 8.17);
Se preocupó de los despreciados de la sociedad (Mt.8.2),
Acogió a los pecadores (Mt 9.10-13).
Rechazó el ser consumista (Lc 6.25), superficial (Mt.13.26)…

b)      Su elección de lo débil frente a lo fuerte:
Prefirió la humildad al poder (Mt, 11.25),
Servir a ser servido (Mt. 20.24-27).
La sencillez al prestigio (Mt. 10.16).

El cristiano está llamado a seguir a este Cristo libre que escogió la Cruz y la muerte, pero al que Dios resucitó y dio vida para siempre.

“Quien en nombre de la libertad renuncia a ser el que tiene que ser, ya se ha matado en vida: es un suicida en pie. Su existencia consistirá en una perpetua fuga de la única realidad que podía ser” (Ortega).

sábado, 2 de mayo de 2015

Cada mañana es un regalo.




            Un ángel ofreció a dos hombres la felicidad, pero al modo en que ellos la entendían.

            El primero pidió que, en el futuro, se cumplieran todas sus ambiciones y proyectos.

            El segundo pidió encontrar la felicidad en sus condiciones presentes.

            El primero nunca fue feliz, porque sus proyectos cambiaban y sus ambiciones crecían, y tenía que aplazar su cumplimiento indefinidamente.

Al segundo hombre, el ángel le concedió un corazón libre, para descubrir, en sus realidades presentes, un regalo de Dios, y fue feliz.


Segundo Galilea



            Necesitamos un corazón libre para poder descubrir en la realidad de cada día un regalo de Dios. Cuando nuestros ojos están limpios, percibimos todo lo que nos rodea de luz, alegría y felicidad. Todo sonríe, cuando nosotros estamos alegres. “En verdad os digo que si no cambian y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt.18.3).

            El hace nuevas todas las cosas, cuando somos capaces de ver en un poco de agua todo el azul del firmamento. “Cada mañana de Dios es una nueva sorpresa para El mismo” (R.Tagore) y para los que tienen el corazón de Dios: sus hijos.

            Felices, pues, aquellos que encuentran sentido a cada minuto.
            Felices aquellos que son capaces de asombrarse ante una flor.
            Felices los que arriesgan todo y se quedan con el amor.
            Felices los que se mantienen alegres con lo que tienen.
            Felices los que luchan por la paz, la justicia y la fraternidad.
            Feliz aquel que posee un corazón libre para poder ver a Dios y a los hermanos cada mañana.

            En la libertad de espíritu se halla toda la felicidad que en esta vida se puede desear. Dice Santa Teresa de las personas que han alcanzado esta libertad:


            “Ninguna cosa temen ni desean de la tierra, ni los trabajos las turban, ni los contentos las hacen movimiento; en fin, nadie las puede quitar la paz, porque ésta de sólo Dios depende” (Fundaciones 5.7).

sábado, 25 de abril de 2015

En busca de la libertad.


            Un hombre quería vivir con el mayor bienestar y liberarse de la presión de la ciudad donde vivía y trabajaba. Compró una casa de descanso en el campo cercano para pasar ahí las veladas, los fines de semana y largas vacaciones. Pero con el tiempo echaba de menos la variedad a que estaba acostumbrado, y se aburría.

            Entonces compró para la casa equipos refinados de música, de televisión, y se suscribió a libros y revistas de su agrado. Compró también el último modelo de automóvil rápido para tener mayor libertad de movimiento. Pero todos esos gastos habían sido excesivos, y tuvo que pedir un préstamo, y entonces vivía constantemente preocupado por su presupuesto y gastos.

            Buscando una variedad y libertad de la que antes no había gozado, emprendió varias aventuras amorosas extramatrimoniales. Pero vivía condicionado por las medidas que tenía que tomar para que su esposa no lo supiera; con ella trataba de actuar con la mayor naturalidad, y eso le producía continua tensión.

            Por fin, decepcionado, dejó sus aventuras, vendió su casa de campo y las comodidades con que la había llenado, y se volvió a su vida y trabajo habitual de la ciudad.


Segundo Galilea



               Buscamos la libertad, aunque muchas veces no lo intentemos por el camino verdadero. Se nos dificulta ser libres por el ambiente que nos rodea, por el afán y por el deseo desmedido que hay de poseer, de tener y de gozar. Valoramos a las personas por su poder y su dinero. La sociedad, a su vez, promete el cielo en el consumo, y lo que logra es que cada día haya mayor número de esclavos. El valor supremo del mundo es tener más y más para consumir más y más.

            Ante el afán de consumismo que engendra ansiedad y angustia en los ciudadanos, el departamento de Salud de los Estados Unidos, hizo el siguiente comunicado:

            “Hasta donde se sabe ninguna ave ha tratado de construir más nidos que sus vecinos. Ninguna zorra se ha irritado porque sólo haya tenido una guarida donde esconderse. Ninguna  ardilla se ha muerto de ansiedad al pensar en los rigores del invierno. Ningún perro ha perdido su sueño pensando que no tendrá huesos para los días que están por delante.”

            Sin embargo el ser humano se afana, se irrita, sufre de insomnio, se pone tenso al no encontrar la libertad y felicidad en los equipos refinados, en las aventuras amorosas y en las comodidades añoradas y soñadas. Busca incesantemente la libertad, pero no halla el método adecuado para dar con el verdadero camino.


  “¡Oh!, lo qué sufre un alma, válgame Dios, por perder la libertad que había de tener de ser señora, y qué de tormentos padece” (Santa Teresa, vida, 9.8).

sábado, 18 de abril de 2015

Atajo estrecho.





            Unos turistas querían llegar pronto a un castillo, en la ladera de una montaña. Había varios caminos, todos ellos bastante largos, salvo uno, que era un atajo muy corto, aunque extremadamente duro y empinado. No había manera de detenerse a comer o descansar, y la soledad era muy grande, porque casi nadie lo recorría.

            Todos, menos uno, eligieron los caminos largos y fáciles. Pero eran tan largos que se aburrieron y se volvieron, sin llegar a su destino. Otros se instalaban a la sombra, a dormitar y conversar, y se quedaron ahí indefinidamente.

            El que subió sólo, por el atajo, pasó toda suerte de penurias, y en el momento en que le pareció que no podía más, se encontró ya en el castillo. Fue el único que llegó.


Segundo Galilea




            Somos ciudadanos del cielo. Para llegar allí, a la cima si queremos conseguirlo rápidamente, tenemos que escoger “el atajo” el camino que nos lleva directo, el mismo que eligió Jesús.

            Imitar a Cristo en este caminar, es seguir sus pasos y consiste en una renuncia a todo, ya que el mismo Maestro, ni en la vida ni en la muerte tuvo donde reclinar la cabeza. Quien elige esta senda que conduce a la vida eterna, debe abandonar las otras.

            Este camino es arduo y costoso. Quien desea ir por él necesita mucho coraje, decisión, firmeza, constancia, buenos pies y mucho ánimo. San Juan de la Cruz nos dice que “hay muchos que desean pasar adelante y con gran continuación piden a Dios los traiga y pase a este estado de perfección, y cuando Dios les quiere comenzar a llevar por los primeros trabajos y mortificaciones, según es necesario, no quieren pasar por ellas y hurtan el cuerpo, huyendo el camino angosto de la vida, buscando el ancho de su consuelo, que es el de la perdición” (Llama de Amor viva 2.27).

            A quien elige seguir los pasos de Jesús, Dios no le deja solo. El siempre va delante abriendo senderos. El lo hace todo. Pero no nos paraliza, al contrario, nos exige espíritu de lucha y que aceptemos los riesgos que se presenten. (Ex. 3.7-11). Con esta actitud de abandono, el ser humano experimentará que, al mismo tiempo que va dejando, desnudándose de todo lo relativo, va quedando sólo Dios, el libertador de toda clase de opresión.



            “La única libertad que merece este nombre, es la de buscar nuestro bien por nuestro propio camino”. (Stuart Mill).

sábado, 11 de abril de 2015

No podían volar.



            El caso de los pájaros que no podían volar:

            Había una enorme pajarera que contenía varios pájaros. Su puerta estaba abierta, a fin de que éstos pudieran salir volando y emigrar.

            Pero algunos de los pájaros estaban atados con cordeles, y no podían volar. La manera de hacerlo, era deshaciendo el nudo del cordel con el pico, pero esos pájaros no querían hacer ese esfuerzo; en cambio, tiraban del cordel tratando de volar, y el cordel se hacía más tenso y se anudaba más, y en vez de volar, se trababan más y más.

            Había otros que no tenían ninguna atadura que les impidiera volar, pero estaban fascinados con las cosas que había en la pajarera. Uno estaba pegado a un plato de comida; otro a un espejito en que podía mirarse; otro a un columpio en el que se balanceaba continuamente.

            Su fascinación por todas esas cosas, que en sí no tenían nada de malas, les hacía olvidar de dónde venían y a dónde iban, y les impedía volar y emigrar.

Segundo Galilea



            Es necesario saber de dónde se viene y a dónde se va para poder volar. Para verse libre de todas las ataduras, jaulas o cárceles, es necesario sentirse atraído por Dios; caer en la cuenta de que El es amor que libera y que da fuerza para romper todas las ligaduras.

            “Conocerán la verdad y la verdad les hará libres” (Jn. 8.32), Las esclavitudes, normalmente, provienen de caminar en la mentira y de la ceguera de la conciencia.

            En determinadas ocasiones somos conscientes de lo que nos amarra, sabemos a la perfección qué grosor tiene el cordel o el hilo al que estamos sujetos; pero nos falta amor o fuerza para determinarnos a romperlo.

            Cuando sufrimos de ceguera, es peor la enfermedad, pues creyendo que estamos libres, nunca podremos liberarnos de la mentira que nos envuelve, entretenidos y fascinados por las cosas que traemos entre manos y hay en nuestra “jaula”.

            La mentira y la ceguera van juntas, y las dos impiden ver la luz, amar la verdad y poder soñar con un mundo donde se respire libertad.


            “Dios nos libre de tan malos embarazos, que tan dulces y sabrosas libertades estorban” (San Juan de la Cruz, a las Carmelitas de Beas, de 18 de noviembre de 1586).

sábado, 4 de abril de 2015

CRISTO HA RESUCITADO.


Todos tenemos experiencias de que, en momentos difíciles, de dolor, desorientación, tristeza, alguien nos ha sabido comprender, porque nos amaba, y que con su conversación, con su palabra cálida nos transmitía paz, serenidad, nueva ilusión, ganas de vivir y mejorar la propia vida, así como ayudar la existencia de los demás.
Cada día tenemos pequeñas resurrecciones y éstas ocurren cuando pasamos de horas bajas a un tiempo de esperanza, cuando aprendemos a aceptar a los otros y a nosotros mismos,  cuando, en medio de las dificultades, encontramos paz y alegría interior.
Resucitar es permitir que reine el amor en nuestra vida, y no el odio; se nos dijo que el amor es fuerte como la muerte; ahora sabemos que el amor es más fuerte que la muerte. Nada ni nadie nos puede separar del amor de Cristo y de los demás, si es que amamos de verdad. Si Dios es amor, ¿cómo no va a ser el amor lo más fuerte? ¡A Dios no se le muere nadie! Si Dios me ama, nada ni nadie me separará de su amor; él me ama con amor eterno (Is 54,8), que traspasa los tiempos y supera las muertes.
Jesús se hace presente en medio del miedo de sus discípulos; los discípulos pensaban que los judíos les harían e ellos lo que le habían hecho a Jesús. Jesús encuentra a los apóstoles encerrados. Tiene un gran valor simbólico subrayar que estaban «con las puertas cerradas», todavía ocho días después: quiere decir que cuesta abrirle las puertas al Señor. Parece que las hemos abierto una vez, pero después las volvemos a cerrar. A pesar de que Jesús ha resucitado, cuesta desprenderse del miedo y de la tristeza.
Muchos cristianos parecen pensar –como dice Evely– que, tras la Cuaresma y la Semana Santa, los cristianos ya nos hemos ganado unas buenas vacaciones espirituales. Y si nos dicen: «Cristo ha resucitado»; pensamos: «¡Qué bien! Ya descansa en los cielos». Lo hemos jubilado con una pensión por los servicios prestados. Ya no tenemos nada que hacer con él. Necesitó que le acompañásemos en sus dolores. ¿Para qué vamos a acompañarle en sus alegrías? Y, sin embargo, lo esencial de los cristianos es ser testigos de la resurrección, mensajeros de gozo. La fe en la resurrección lleva consigo el vivir en alegría y a aceptar a los demás como son. Esta alegría pascual impulsa al creyente a perdonar y acoger a todos los hombres, incluso a los enemigos.
Confesar a Jesús resucitado es creer que la vida vence a la muerte, que el verdugo no triunfa sobre la víctima, que lo último no es el vacío o la nada, sino la plenitud, que la muerte no conduce al absurdo, sino al hogar del Padre. Cristo seguirá resucitando cada vez que nos amamos, cada vez que compartimos con el otro, cada vez que perdonamos y disculpamos, cada vez que sembramos alegrías y esperanzas. Él quiere que tengamos su gozo, que nuestra tristeza se convierta en alegría. Si le amamos, nuestra alegría será completa.
La alegría es un fruto del espíritu y nace de creer en el Resucitado, en la fuerza de Dios, que salvó a su Hijo de quedarse en el sepulcro para siempre. Si Cristo ha resucitado, si es algo vivo, podrá llenar de alegría la existencia de todo ser humano. Él es el tesoro por el que se vende todo lo que se tiene; la causa de la alegría de todos aquellos que creen en el Amor y en la Vida.
      


viernes, 27 de marzo de 2015

AMÓ HASTA EL FINAL.


Jesús nos amó hasta el final, dio la vida por nosotros. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,2). Una de las características del amor de Cristo es que no tiene límites. Él se rompió amando, con sus palabras, con sus manos, con sus gestos, con sus actitudes. En aquella tarde, Jesús amó a los suyos como nadie los había amado hasta entonces, los amó hasta el límite, hasta el fin, hasta el extremo, hasta dar la vida. Jesús demostró este amor al otro en el servicio y en el estar atento en las cosas pequeñas; así lo hizo al lavar los pies de sus discípulos (Jn 13,5). Echar agua, lavar, secar los pies, era un oficio de esclavos y él se convierte en esclavo, en servidor; se empobrece, se rebaja poniéndose a sus pies.

Jesús fue un hombre especial, extraordinario en generosidad, bueno de verdad, con una bondad de calado profundo, que pasó haciendo el bien sobre la tierra y curando a los oprimidos por el mal, porque Dios estaba con él (Hch 10,38). Lo radical de su bondad estaba en el hecho de su estar a la escucha de las necesidades de los otros. Por eso Pablo aconsejaba a los cristianos como norma de vida el mantener fijos los ojos en él, para tener sus mismos sentimientos, para obrar como él. Fue enviado a anunciar la Buena Nueva a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a dar libertad a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4,18-19).

En sus enseñanzas repetía que lo más importante era buscar a Dios, su reino, que no se preocuparan de lo demás. Mil veces invitaba a sus oyentes a no tener miedo, a no dudar, a creer de verdad. A todos les dio ejemplo de amor y el amor fue su único mandato.Nunca condenó a nadie, trató de salvar a todos, de dar vida y de ser vida y fuente de agua viva. Él murió, como decía Isaac de Nínive, para «hacernos prisioneros del amor». El «amarás a Dios con todo tu corazón y toda tu alma», encuentra su nueva plenitud en la palabra y en vida de Jesús. Dios era, para él, el único bueno, el Padre amoroso que buscaba la oveja perdida. Él vino para los casos difíciles, para salvar lo que estaba perdido.

Jesús les dejó como mandamiento a sus discípulos el amarse: «Os doy un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros; que, como yo os he amado, así os améis entre vosotros» (Jn 13,34). Por eso insistía Juan: «Amigos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4,7). Juan era un experto en la ciencia del amor, había comido junto a Jesús y había sentido el latir del corazón del Amado. En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros, en que ha mandado a su Hijo unigénito al mundo para que nosotros vivamos por él (1 Jn 4,9). Para Juan el amor es la piedra angular del reino de Cristo y exhorta siempre a los hermanos al amor recíproco.

Juan aprende muy bien la lección del amor, como lo más importante y como lo único que merece la pena enseñarse. La primera carta de Juan es una joya. El que ama a su hermano, nos dice, ese es hijo de Dios y ha pasado de la muerte a la vida. El que ama de verdad es capaz de dar su vida por el otro y compartir sus bienes con el necesitado.
Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (1 Jn 4,20). Si amamos al hermano, Dios permanece en nosotros (1 Jn 4,12) y si alguien ama a Dios, ame también a su hermano (1 Jn 4,21).
Quien comprende y experimenta lo que es el amor, no puede menos que gritar como Francisco de Asís: «Dios es amor, amor, amor». «Dios es amor, quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (Jn 4,16).

Jesús amó hasta el final y dio su vida para que nosotros la tuviéramos en abundancia.