sábado, 27 de agosto de 2016

La espiral de la violencia.


Las injusticias de los malos sirven de excusa a las nuestras; ley del mundo es esta: Como trates a los demás te tratarán a ti.

Un labriego cazaba pajarillos con el espejuelo. El resplandor atrajo a una Alondra; en el acto, un Azor, que se cernía sobre los campos, se precipitó sobre la avecilla, que cantaba junto a su sepulcro. Habíase librado la infeliz de la pérfida estratagema, cuando se vio en las garras del rapaz, y sintió sus afiladas uñas. Mientras se ocupaba el Azor en desplumarla, quedó envuelto en las redes: “Pajarero, dijo en su idioma, suéltame; no te he hecho ningún mal” El Pajarero replicó: “Y ese animalito, ¿qué mal te ha hecho?

Jean de la Fontaine

La ley del mundo es: como trates a los demás te tratarán a ti. “El que la hace la paga”.

Una pareja de hermanos de un pueblecito de Extremadura, España, se lanzaron un día con dos escopetas y comenzaron a disparar en la calle contra todo lo que se movía, dejando muertas a diez personas y a otras tantas heridas. ¿Por qué lo hicieron? ¿Por odio? ¿Por venganza? ¿Por locura?

Es difícil averiguar las causas de una guerra y de cada acto de violencia. No solucionamos nada con echar las culpas a los otros; es necesario tener muy presente lo que Bernanós llama “la comunión de los pecadores”, pues, efectivamente, cada falta de amor o gesto de paz, está creando un estado de guerra, de violencia, de los unos contra los otros, porque no hubo suficientes pacificadores.

El 28 de julio de 1915, el papa Benedicto XV gritó a los contendientes de la primera guerra mundial: “Sea bendito el primero que levante el ramo de olivo y tienda la mano al enemigo, ofreciéndole la paz en condiciones razonables”.

Dios “no habla al hombre hasta que éste no ha logrado establecer la calma en sí mismo” (Alexis Carrel), hasta que no ha optado por la paz. Y si no escuchamos a Dios, viviremos en continua estratagema para ver cómo “desplumamos a los otros”, quedando envueltos en las redes del odio, de la venganza y de la violencia. Quien ha dado un paso por la paz, puede dar dos, y hacer que los demás den dos mil.

Es emocionante encontrarse con el ejemplo de algunos padres. He aquí el consejo de un padre a su hijo que partía para la guerra. Se lo dejó escrito en el bolso de su pantalón. Decía así: “No mates a nadie, hijo. Tu Padre, Joaquín”. No matar a nada, ni a nadie.
“La paz es don.
es ternura,
es mansedumbre,
es amabilidad,
es clemencia,
es rechazo de poder,
de dinero,
de violencia,
la PAZ es don de “sí”.

(Phil Bosmans)

sábado, 20 de agosto de 2016

Fiera o ángel.


En lo más álgido de la segunda guerra mundial, cuando sobre la ciudad de Londres, llovían las bombas alemanas, uno de los grandes diarios editorializaba de la siguiente manera: “Hemos sido un pueblo amante del placer, deshonrando el día del Señor, paseando, bañándonos en el mar; ahora las playas han sido abandonadas, no hay días de campo ni baños en el mar. Hemos preferido pasear en automóvil en lugar de ir a la Iglesia; ahora no podemos ni aun conseguir gasolina. Hemos cerrado nuestros oídos al toque de las campanas que nos llaman al culto, ahora las campanas no pueden tañer, excepto para advertirnos el peligro de la invasión. Hemos dejado los templos vacíos cuando debieron estar llenos de adoradores, ahora se encuentran en ruinas. Hemos desoído el mensaje acerca de los senderos de paz, ahora estamos forzados a escuchar acerca de las incitaciones de la guerra. Hemos negado el dinero para la obra del Señor, ahora tenemos que entregarlo al estado para los gastos que ocasiona la guerra y los altos precios, en todo. El alimento por el cual olvidamos dar gracias a Dios, ahora se nos hace muy difícil obtenerlo. Los servicios que hemos rehusado prestar al Señor, ahora se nos fuerza a prestarlos al esfuerzo de la guerra. La vida que rehusamos poner bajo la dirección de Dios, ahora está bajo el control de la nación”.


Miguel Limardo



En cualquier examen de conciencia nos damos cuenta de lo que podíamos haber hecho y no hicimos. Hemos amado el placer, hemos cerrado los oídos a la voz de Dios, hemos…

La “vida que rehusamos poner bajo el servicio de Dios”, está ahora bajo otro señor: la guerra, la muerte. Cuando esto sucede, descubrimos el potencial del bien y de mal que hay dentro del corazón humano.

Rubén Darío nos habló del lobo de Gubbia, que Francisco de Asís convirtió en animal manso y dócil. Por obediencia al santo, dejó de dedicarse a matar; pero un día, al ver tanta maldad en la persona humana, se sintió otra vez lobo y volvió a sembrar el miedo y la sangre entre ganados y pastores.

Dentro de nuestras entrañas llevamos una fiera y un ángel. Somos mitad Dios, mitad demonio. Si dejamos que crezca Dios, es decir, el bien, el mal se alejará definitivamente. Es necesario, pues, acoger el llamado de Gandhi, que lo convirtió en su última oración, antes de que las balas le acribillaran.


Ya te sientas fatigado o no, ¡oh hombre!, no descanses;
no ceses en tu lucha solitaria,
sigue adelante y no descanses…
No pierdas la fe, no descanses…
Salta sobre tus dificultades…
El mundo se oscurecerá y tú verterás luz sobre él…
¡Oh hombre!, no descanses;
procura descanso a los demás”

sábado, 13 de agosto de 2016

Suprimid los sabuesos.


En la ribera del Oka vivían felices numerosos campesinos; la tierra no era fértil, pero labrada con tesón, producía lo necesario para vivir con holgura y aún para guardar algo de reserva.

Iván, uno de los labradores, estuvo una vez en la feria de la Tula y compró una hermosísima pareja de perros sabuesos para que cuidaran su casa. Los animalitos al poco tiempo se hicieron conocidos en todos los campos de la vega del Oka por sus continuas correrías en los que ocasionaban destrozos en los sembrados, y las ovejas. Nicolaí, vecino de Iván, fastidiado por las continuas molestias de los sabuesos, en la primera feria de Tula compró otra pareja de perros para que le defendieran su casa.

Al cabo de pocos años, cada labrador era dueño de una jauría de 10 ó 15 perros. Se decían: “Dios mío, que sería de nosotros sin estos valientes sabuesos que abnegadamente defienden nuestras casas”

Entretanto, la miseria se había asentado en la aldea. Un día se quejaban de su suerte delante del hombre más viejo y sabio del lugar, y como culpaban de ella al cielo, el anciano les dijo:

La culpa la tenéis vosotros; os lamentáis de que en vuestras casas falta el pan para vuestros hijos, que languidecen delgados y descoloridos, y veo que todos mantenéis docenas de perros gordos y lustrosos.

Son los defensores de nuestros hogares.

¿Los defensores?

¡Ciegos, ciegos! ¿No comprendéis que los perros os defienden, a cada uno de vosotros de los perros de los demás, y que si nadie tuviera perros, no necesitaríais defensores que se comen todo el pan que debería alimentar a vuestros hijos? Suprimid los sabuesos y la paz y la abundancia volverán a vuestros hogares.

Y siguiendo el consejo del anciano, se deshicieron de sus defensores y un año más tarde sus graneros y despensas no bastaban para contener las provisiones y en el rostro de sus hijos sonreía la salud y la prosperidad.


Leon Tolstoi



En la rivera de Oka vivían felices numerosos campesinos, aunque tenían que labrar la tierra con tesón. Estaban tranquilos porque nadie robaba, nadie mataba, ni necesitaban personas ni animales que les defendieran. Cada persona tenía la mejor protección. Su propia conciencia.

Pero un campesino ambicioso, que soñaba ser el más importante con la compra de dos sabuesos alteró la paz de la comunidad y de los sembrados. Sus perros se comían el pan que pertenecía a los demás.

En nuestra sociedad también hay muchos sabuesos que se han introducido para defendernos de los otros. Ya no es suficiente la policía. Hay que contratar guardianes, guardaespaldas, etc. Una guerra sorda se ha apoderado de los parques, hogares y calles. En esta guerra se mata por necesidad, para poder comer, por vicio, para mantener la droga; o por pasatiempo y deporte.

Armando Sangil Rodríguez estaba hablando por teléfono cuando Nelson Clemente, un joven de 17 años, se le acercó por detrás y le dio varias cuchilladas que le llegaron hasta el corazón. Nelson no necesitaba dinero, ni mataba por venganza; solo pretendía demostrar a sus amigos que podía tomar parte de la pandilla. Un menor de 16 años, Henry Emilio Avendano, fue asesinado de 20 tiros el fin de semana en Carapita, barrio al oeste de Caracas, para robarle los zapatos deportivos que calzaba, decía la prensa de Caracas del 14 de Octubre de 1991. Y proseguía: Cada fin de semana mueren en Caracas de 15 a 20 personas, muchas de ellas niños, víctimas de acciones violentas protagonizadas muchas de ellas por menores de edad.

Tenemos que deshacernos de nuestros sabuesos de hoy: armas, droga, pandillas etc., para que la abundancia, la paz, el buen entendimiento y la fraternidad vuelvan a nuestros hogares.

“No matarás” (Ex. 20.13). “Quien hiera a otro y le causa la muerte, será muerto” (Ex. 21.12). Dios quiere y desea que tengamos vida en abundancia. “Yo vine para que tengan vida y encuentren plenitud” (Jn. 10.10).

sábado, 6 de agosto de 2016

Basta un poco de alegría.





Cierto país padecía una crisis económica y había escasez. La gente estaba muy descontenta.

Vino un ángel y le preguntó a la gente qué necesitarían para estar contentos, porque él se lo concedería.

Unos le dijeron que les diera la capacidad de satisfacer todas las necesidades que se les presentaran y de tener los medios para ello. El ángel se lo concedió. Esa gente seguía adquiriendo todo, pero como sus aspiraciones y necesidades iban siempre en aumento, nunca estaban contentos.

Otros pidieron al ángel que les diera la libertad para disminuir sus necesidades. El ángel se lo concedió. Y esa gente vivió con austeridad pero eran felices.

Hay dos concepciones del desarrollo económico: producir y consumir indefinidamente para satisfacer necesidades que aumentan indefinidamente, o aprender a disminuir las “necesidades” innecesarias.

Segundo Galilea


Nacemos desnudos y sin oro ni plata. Desnudos vemos la luz del sol por primera vez, necesitados de alimento, vestidos y bebidas. Desnudos recibe la tierra a los que salieron de ella. Nadie puede encerrar con él en su sepulcro los límites de sus posesiones. Un pedazo de tierra es bastante a la hora de la muerte” (San Ambrosio).

Para conformarse con un pedazo de tierra, hay que tener dentro un pedazo de cielo: Dios. Es fácil dejarse seducir por las necesidades. Vivir en sencillez, en austeridad, es una gracia especial.

La felicidad no consiste en satisfacerse de cosas, de manjares exquisitos. Ya lo advierte el refrán: “más vale un día alegre con medio pan, que uno triste con un faisán”.

¿Cómo conformarse con poco, cómo sonreir permanentemente, cómo adquirir el buen humor? Puede ayudarnos a conseguirlo esta oración de santo Tomás Moro:

“Señor, dame una buena digestión
y, naturalmente, algo que digerir.
Dame la salud del cuerpo
y el buen humor necesario para mantenerla.

Dame un alma sana, Señor,
que tenga siempre ante los ojos
lo que es bueno y puro
de modo que,
ante el pecado, no me escandalice,
sino que sepa encontrar
el modo de remediarlo.

Dame un alma
que no conozca el aburrimiento
los ronroneos, los suspiros, ni los lamentos.
Y no permitas que tome en serio
esa cosa entrometida
que se llama el “yo”.

Dame, Señor, el sentido del humor.
Dame el saber reírme de un chiste
para que sepa sacar
un poco de alegría a la vida
y pueda compartirla con los demás”

sábado, 30 de julio de 2016

Risas en el jardín.


Un hombre era dueño de un hermoso jardín donde los niños se encontraban a sus anchas para correr y saltar. Pero éste era un hombre de corazón duro. Le dolía que los niños disfrutasen de la belleza de su jardín. Esto fue lo que hizo: lo rodeó de una pared muy alta para que los niños no pudiesen entrar. Pero sucedió que cuando las plantas dejaron de escuchar las risas de los niños dejaron también de florecer. Se secó el follaje de los árboles. El invierno se prolongó como nunca antes lo recordaba y parecía que la primavera no volvería jamás. El hombre se sentía muy triste, como si una gran pena anegase su corazón. Las noticias de lo sucedido llegaron a un hombre muy sabio de la comarca. Vino donde él y le dijo: Tengo un solo consejo que darte y si lo sigues tu jardín volverá a lucir como antes. El hombre repuso: Escucho tu consejo y lo seguiré de inmediato. Este fue el consejo: Derriba las paredes y deja que los niños jueguen.


Miguel Limardo




Necesitamos de la risa, de la sonrisa, de la alegría para poder florecer, para poder dar fruto. Ortega y Gasset habla de esos hombres “que cuando pierden la alegría, el alma se retira a un rincón del cuerpo y allí hace su cubil”.

Todo lo que va matando la inocencia: odios, egoísmos, envidias, va carcomiendo y endureciendo el corazón. Entonces muere la ilusión, el deseo de vivir y se va adueñando del alma una gran pena que enturbia el cielo más despejado.

Será necesario, pues derribar todas las paredes que se han levantado a nuestro derredor sin darnos cuenta o a sabiendas, pues toda muralla nos impide acercarnos al mundo.

Necesitamos de la sonrisa de un niño, porque a través de ella se nos asoma la inocencia y el optimismo de Dios. Dios disipará el duro invierno y hará que reine la eterna primavera en aquellos que tienen la suerte de adobar cada día con una sonrisa.

“Quitando el gozo y la alegría del campo fértil; en las viñas no cantarán ni se regocijarán” (Is. 16.10)

sábado, 23 de julio de 2016

Pobre a mi manera.



Un joven párroco, en un sector de clase media, vivía con un sacerdote asistente entrado en años, enfermo y de relación difícil; el párroco procuraba ignorarlo lo más posible. Su sacristán era un hombre muy pobre que, por caridad, había recibido ese trabajo en la parroquia; a pesar de su buena voluntad era muy incompetente, y el joven cura tenía que preocuparse de muchos detalles.

Perdía la paciencia con el sacristán y lo trataba con dureza. Había además en la parroquia una niña joven, que iba a hacer la comida, pero cocinaba mal y casi siempre lo mismo. El párroco la toleraba de mala gana. Debido a que ella mantenía a su madre.

El joven cura deseaba trabajar en un barrio realmente pobre, con los más pobres y con un estilo de vida pobre. En ello ponía su corazón y sus gestiones, a fin de ser transferido a ese tipo de parroquia, pero diversas circunstancias, por ahora, no se lo permitían. Se sentía frustrado en sus ideales, le parecía estar perdiendo el tiempo y que las personas que convivían con él estaban de sobra.

Hasta que en una ocasión en que hizo un largo retiro, Dios le hizo descubrir que los pobres que él buscaba los tenía en su misma casa, y que la mayor pobreza que deseaba la estaba ya viviendo, aunque no a su manera, sino a la manera de Dios.

Segundo Galilea



El joven párroco “deseaba trabajar en un barrio realmente pobre”, fuera de donde vivía. Buscaba a los pobres y vivir la pobreza lejos de casa. Dentro tenía pobres, quizás de los más pobres, pero no se había dado cuenta. Lucía más alumbrar fuera, en un barrio pobre, que dentro de su casa, con pobres “que no merecían la pena”. No se había percatado qué tipo de pobreza quería para él el Señor.

¿Qué es ser pobre? ¿En qué consiste la pobreza?

Hay muchas definiciones de lo que es ser pobre y en qué consiste la pobreza, por eso no quiero dar una más o repetir las de otros. Quiero poner el ejemplo del más pobre entre los pobres, del pobre por antonomasia: Jesús.

Cristo experimentó en su vida las consecuencias de la encarnación. Desde que nació hasta que murió, vivió en radical pobreza. El libremente escogió vivir así y eligió acomodarse a la voluntad del Padre, abandonándose en sus manos y en las de sus mismos verdugos. Por reconciliar al género humano con Dios, quedó en total desamparo.

Es difícil ser pobre y vivir la pobreza a la manera de Dios. Es más fácil y más cómodo poder escoger el lugar, las personas, y ser POBRE A MI MANERA. Feliz aquel que ha optado por los más necesitados y vive con corazón de pobre en cualquier rincón del mundo.

sábado, 16 de julio de 2016

Testigos de su resurrección.


Cuentan de un famoso sabio alemán que, al tener que ampliar su gabinete de investigaciones, fue a alquilar una casa que colindaba con un convento de carmelitas. Y pensó: ¡Qué maravilla, aquí tendré un permanente silencio! Y con el paso de los días comprobó que, efectivamente, el silencio rodeaba su casa…salvo en las horas de recreo. Entonces en el patio vecino estallaban surtidores de risa. ¿De qué se reían si eran pobres? ¿Por qué eran felices si nada de lo que alegra a este mundo era suyo? ¿Cómo podía llenarles la oración, el silencio? ¿Tanto valía la sola amistad? ¿Qué había en el fondo de sus ojos que les hacía brillar de tal manera?

Aquel sabio alemán no tenía fe. No podía entender que aquello, que para él eran puras ficciones, llenara un alma. Menos aún que pudiera alegrarla hasta tal extremo.

Y comenzó a obsesionarse. Tenía que haber “algo” que él no entendía, un misterio que le desbordaba. Aquellas mujeres, pensaba, no conocían el amor, ni el lujo, ni el placer, ni la diversión ¿Qué tenían?

Un día se decidió a hablar con la priora y ésta le dio una sola razón:

Es que somos esposas de Cristo.

Pero, arguyó el científico, Cristo murió hace dos mil años.

Ahora creció la sonrisa de la religiosa y el sabio volvió a ver en sus ojos aquel brillo que tanto le intrigaba.

Se equivoca, dijo la religiosa; lo que pasó hace tantos años fue que, venciendo a la muerte, resucitó.

¿Y por eso son felices?

Sí. Nosotras somos los testigos de su resurrección.


José L. Martín Descalzo.



La alegría es una de las virtudes más características de los hijos e hijas de Santa Teresa. Quienes se dedican a tratar con Dios, están contentos, pues saben que “sólo Dios basta” para llenar el corazón humano.

Dios es alegre y joven, canta una canción. Dios es alegría y siempre que El se revela lo hace así. Al encontrarse con los pecadores, invita a alegrarse, porque ha encontrado lo que estaba perdido: “la oveja, la dracma, el hijo” (Lc.15).

El anuncio del nacimiento del Salvador es un pregón de alegría. Jesús predica esta alegría:

“Les doy mi gozo. Quiero que tengan en ustedes mi propio gozo y que su gozo sea completo” (Jn 15.11).

“Su tristeza se convertirá en gozo” (Jn. 16.20).

“Si me aman tendrán que alegrarse” (Jn 14.27).

La alegría es un fruto del espíritu y nace de creer en el Resucitado, en la fuerza de Dios, que salvó a su Hijo de quedarse en el sepulcro para siempre.

Si Cristo ha resucitado, si es algo vivo, podrá llenar de alegría la existencia de todo ser humano. El es el tesoro por el que se vende todo lo que se tiene; la causa de la alegría de todos aquellos que creen en el Amor y en la Vida.