sábado, 18 de marzo de 2017

Cantar y alabar al Señor



Un día, un santo se detuvo en medio de nosotros. Mi madre lo vio en el patio, mientras hacía volteretas para divertir a los muchachos.

“Ah, éste es verdaderamente un santo, me dijo. Vete donde él”

Él me puso una mano sobre la espalda y me preguntó: “Mi estimado ¿qué quieres hacer?” “No lo sé”, le respondí. “¿Qué quieres que yo haga?” “No. Debes ser tú quien me diga qué cosa quisieras hacer”, “¡Oh! A mí me gusta jugar”. “Y entonces, ¿quieres jugar con el Señor?”

No supe que responder. Entonces el santo añadió: “Si tú logras jugar con el Señor, harás la cosa más bella que se pueda hacer. Todos toman a Dios totalmente en serio hasta el punto de hacerlo fastidioso… Juega con Dios, hijito, Es un compañero de juegos incomparable” (J. Rumi).

“Todos toman a Dios totalmente en serio hasta el punto de hacerlo fastidioso…”

Cuando leí esta frase me vino a la mente la celebración de algunas misas o eucaristías. Muchos se aburren o se duermen soberanamente, porque los organizadores o actores se han tomado a “Dios demasiado en serio”, o mejor, demasiado a la ligera. Así no hay vida en la palabra, en los silencios, en los símbolos y en los cantos.

La Misa es el Sacramento de la Pascua del Señor, es una confesión de la resurrección de Cristo. Toda misa, pues, debe ser una celebración gozosa. Donde hay gozo, hay canto, porque éste es la expresión natural del gozo. Los primeros cristianos “partían el pan con alegría” (Hch 2,46). Si alguno está alegre, entone un cántico” (St 5,13). Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando la venida del Señor, que canten todos juntos con salmos, himnos y cantos espirituales (Col 3.16). el cantar es propio del enamorado; y viene de tiempos antiguos el famoso proverbio: “Quien bien canta, dos veces ora” (San Agustín).

San Ambrosio, al escuchar la voz canora del pueblo, la parangonaba a la voz del mar, cuyo basto murmullo es como un eco de los cantos de la asamblea cristiana, al mismo tiempo que los fieles, al repetir los cánticos sagrados, parecen recordar el armonioso fragor de las olas. El cántico sagrado “es una bendición de todo el pueblo, alabanza de Dios, honor de la plebe santa, universal consenso…Detiene la aspereza, hace olvidar los afanes, olvidar la tristeza…Canta la voz para alegrarse, en tanto que la mente se adiestra en la profundización de la fe” (San Ambrosio).

El canto nos ayuda a orar, enriquece de mayor solemnidad los ritos sagrados. El canto es, pues, parte integral de la liturgia y nos sirve para que algunos ritos alcancen todo su sentido y plenitud.

Los compositores cristianos deben sentirse llamados a cultivar la música sacra y a acrecentar su tesoro. Ellos tienen que componer para grandes coros, para coros modestos y fomentar la participación de los fieles. Se hace necesaria una gran motivación a las distintas comunidades para que los fieles lleguen a sentir la necesidad de cantar las partes que les corresponde.

Un día, se me acercó un cristiano después de misa y me dijo: “Para que una misa resulte viva y atrayente, se necesita cuidar dos cosas: la homilía y la música”. No le faltaba razón al buen hombre, yo añadiría la principal: para que una misa resulte viva y comprometida, solo se necesita fe, todo lo demás ayuda mucho. La misa, la eucaristía, es entre otras cosas una acción de gracias, y cuando damos gracias a Dios lo podemos hacer alabándolo y con cantos.

sábado, 11 de marzo de 2017

Nueva tierra.


Una mujer se acercó a la fuente, un pequeño espejo trémulo, limpiadísimo, entre los árboles del bosque. Mientras sumergía el ánfora para tomar, descubrió en el agua un grueso fruto rosado, tan hermoso que parecía decir: “¡Tómame!”.

Alargó el brazo para cogerlo, pero aquel desapareció, y apareció sólo cuando la mujer retiró la mano del agua. Así por dos o tres veces.

Entonces la mujer se puso a sacar agua para agotar la fuente. Trabajó mucho, sin quitar la vista al fruto misterioso; pero cuando sacó toda el agua, se dio cuenta que el fruto ya no estaba.

Desilusionada por aquel encantamiento, estaba por marcharse, cuando oyó una voz entre los árboles (era el Pajarito Belvedere, aquel que ve siempre todo): “¿Por qué buscas abajo? El fruto está allá arriba…”

La mujer levantó los ojos y, colgado a una rama sobre la fuente, descubrió el bellísimo fruto, del cual había visto en el agua sólo el reflejo (Cuento de la isla de Zanzibar).


¿No nos sucede un poco así a todos nosotros, cuando buscamos en la tierra, o incluso en el pozo aquel bien que está en lo alto?

Muchos de los seres humanos buscan solo tierra, bienes caducos. Ven el fruto del cielo reflejado en otras aguas, quieren alargar la mano, pero no pueden conseguir nada. Buscan en lugares donde no pueden encontrar el anhelo profundo de su alma. Les resulta muy difícil buscar los bienes de arriba, encontrarse con Jesucristo, su reino y promesas, si no hay personas que les orienten hacia dónde deben mirar y les ayuden a descubrir la Buena Nueva. Necesitamos muchos evangelizadores que vivan lo que proclaman y cumplan el mandato de Jesús, siguiendo los mismos pasos trazados por el Maestro.

El Papa Juan Pablo II decía a los Obispos del Celam reunidos en Santo Domingo el 12 de octubre de 1984: “El próximo centenario del descubrimiento y la primera evangelización de América nos convoca, pues, a una Nueva Evangelización de América Latina, que despliegue con más vigor -como la de los orígenes- un potencial de santidad, un gran impulso misionero, una vasta creatividad catequética, una manifestación profunda de la colegialidad y comunión, un combate evangélico de dignificación del hombre para generar desde el seno de América Latina un gran futuro de esperanza”.

La Nueva Evangelización necesita nuevos santos, nuevo ardor, nuevos métodos, pero que han de beber en la única fuente: la del Maestro, vivir en actitud de conversión y seguir el ejemplo de la Iglesia primitiva.

Jesús, cuando habla del Reino, invita a los oyentes a encontrarse con Dios para así poder convertirse en instrumentos y testigos del amor de Dios para otros.

sábado, 4 de marzo de 2017

SI CREES, LO LOGRARÁS.


Hay una leyenda de Benevento que nos habla de dos jóvenes atrevidos y crueles que se encontraron casualmente con un individuo de aspecto miserable, y, creyéndolo idiota, quisieron burlarse de él.

Después de haberlo molestado en varias formas, sin que el otro se mostrase de ningún modo ofendido, lo condujeron a la cima de una torre y le dijeron: “Tírate, no te harás ningún daño”.

Este, creyendo con simplicidad a sus palabras se lanzó abajo y voló como un pájaro, y tocó el suelo ileso.

Sus torturadores pensaron que se trataba de un golpe de suerte, y quisieron probar de nuevo. Lo llevaron a la orilla de un lago, “Allá abajo en el fondo del lago, hay una perla preciosa” le dijeron. “Tú puedes sumergirte y cogerla para ti”.

El simplón se tiró enseguida, y no tardó en salir con una perla en la mano. Entonces aquéllos dos empezaron a sospechar que aquel pobre diablo fuese un hombre de Dios.

“Perdónanos”, le dijeron, “nos hemos burlado de ti. Pero por favor, revélanos el secreto de tu doctrina”.

“Yo no tengo doctrinas secretas” respondió el otro. “si no que creía tan firmemente en aquello que me decían, que no tenía duda de poder hacerlo. Pero ahora, sabiendo que querían engañarme, me siento todo confundido. Jamás tendré otra vez el atrevimiento de hacer aquello que he hecho”.


El hombre que ignora la duda y la desconfianza, puede mover las montañas y atravesar el universo sin encontrar obstáculo.

Es una leyenda tonta, pero la enseñanza es clara. La fe mueve montañas y conduce a encontrar el tesoro escondido. Por la fe conocemos a Dios y que el mundo ha sido creado por Él, de quien “proceden todas las cosas”.

La fe es condición indispensable para entrar en el reino. “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio, no es un programa para cuaresma, sino para toda la vida.

Sólo la fe realiza milagros. Jesús no hizo muchos milagros precisamente, por falta de fe. El mismo Jesús les pregunta a los ciegos: “¿Creen que puedo hacer esto?” Le dijeron: “Sí Señor”. Entonces les tocó los ojos, diciendo: “Hágase en vosotros según su fe”. Es la fe en Jesús la que sana, salva, levanta y perdona. Nada imposible resulta para el que cree e invoca el poder de Jesús. A los discípulos les asegura que si tuvieran fe como un grano de mostaza, moverían montañas y nada les resultaría imposible.

La fe es un acto de toda la persona que se abandona a su creador. La voluntad de Dios es que crean en el que El ha enviado.

La fe se contagia. Es una gracia encontrarse en la vida con gente de fe, que confían en Dios, en los demás y en ellos mismos. Para el que cree todo es posible.

sábado, 25 de febrero de 2017

¡Ha resucitado!


Cuando el Águila Real, solitaria sobre una altísima roca, se da cuenta de que se acerca el momento de su muerte, reúne a sus hijos, los mira uno por uno, y le dice: “Yo les he nutrido y criado para que sean capaces de fijar el ojo en el sol. Sus hermanos, que no han soportado la mirada, los he dejado morir de hambre. Pero ustedes son dignos de volar más alto que cualquier otro pájaro.
Ahora, yo estoy por dejarlos, pero no moriré en mi nido. Volaré alto, hasta donde me llevarán mis alas; me lanzaré hacia el sol, lo más cerca posible. Sus rayos encendidos quemarán mis viejas alas, y yo me precipitaré a tierra, caeré en el agua del torrente impetuoso.
Pero de aquella agua mi espíritu resucitará, presto a recomenzar una existencia nueva en cada uno de ustedes. El Águila Real no muere hasta que queda en el nido un Aguilucho Real…”
Dicho esto, el Águila emprende el vuelo en presencia de sus hijos estupefactos; da vueltas en torno a la roca, después apunta derecha hacia el altísimo azul, para quemar en el sol sus alas majestuosas. Hijos del Águila; grande y temible es vuestro compromiso en el mundo…

Leonardo Da Vinci


“El Águila Real no muere hasta que queda en el nido un Aguilucho Real…” “Yo les he nutrido y criado para que sean capaces de fijar el ojo en el sol”.

“Ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba…, aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (1Co. 5,6).

Uno de los mayores logros atribuídos a los astronautas soviéticos fue, según ellos, demostrar que Dios no existía, porque no lo encontraron por el cosmos. Ellos mostraban orgullosos su prueba científica: ¡Dios no está en las nubes! Esto mismo lo proclamamos nosotros con orgullo: ¡Dios no está en las nubes!, puesto que está vivo en nuestros corazones.

“El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro”. María va donde Pedro y Juan y les dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto…Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó” (Jn 20 1-9). La fe en el resucitado no está en encontrar el sepulcro vacío, ni las vendas por el suelo. Es algo más, es un encuentro con Cristo vivo. Por eso, todos los que lo encuentran, proclaman: ¡HA RESUCITADO!

La resurrección da sentido a todo, a la cruz, a la muerte; es la razón de todo y es el término de todo. La vida de Cristo no termina en Viernes Santo, sino en Domingo de Gloria.

De igual forma la vida del cristiano, aunque esté marcada por y con la cruz, va a terminar no en la muerte, sino en la vida. Los ojos del cristiano, no sólo tienen que mirar a la Dolorosa o al Crucificado, sino al Resucitado.

La gran prueba de que Cristo ha resucitado es que está vivo en el corazón de los cristianos y es causa de alegría, gozo y esperanza. Todo en la Pascua se reduce y se expresa en una palabra: “Aleluya”. Este es el grito de todos los creyentes, conscientes de la certeza del triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado.

sábado, 18 de febrero de 2017

El hombre de la vista corta


Un cuento persa nos habla de que había un hombre tan avaro que deseaba poseer oro, tanto oro, todo el oro posible.

Lo deseaba tan ardientemente que no tenía otro pensamiento o deseo para ninguna otra cosa.

En las vitrinas no veía ni siquiera que, además de los collares relumbrantes de oro, había también otras cosas bellas.

Un día no pudo resistir más: entró derecho en el negocio de los joyeros, agarró de prisa un puñado de brazaletes de oro y salió corriendo.

Naturalmente, fue enseguida arrestado, y los policías le dijeron:

“¿Pero cómo pensabas poder escapar? El negocio estaba lleno de gente”.

“¿De verdad?” dijo el hombre sorprendido. “No me había dado cuenta.

Yo no veía nada más que oro”.


Nos dice san Mateo que es semejante el reino de los cielos a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta y, lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo.

Descubrir el reino como tesoro, como perla fina de gran valor, es el punto de arranque para vender todo: oro, poder, placer…y dedicar con alegría toda la vida a vivir y trabajar por el reino. Después que se ha hecho esta decisión, todo se “ve y se enjuicia” desde el reino y con los valores del reino.

El reino es la presencia en el mundo de la actividad salvífica de Dios a través de la persona de Cristo. Jesús, cuando habla de Dios y del reino, no nos da definiciones, nos dice cómo el Padre actúa. El reino se nos revela a través de la predicación y actuación de Jesús.

A veces la fórmula “reino de Dios o de los cielos”, es sustituida por “reino del Padre, que es dado por el Padre y que debe ser acogido con el espíritu de niño. No se puede hablar del reino, sin saber que el protagonista de este reino, es Dios Padre, que como tal, es gracia, apertura, encuentro, don.

Muchos quedan desconcertados y desalentados ante el anuncio que Jesús hace. Así le preguntan los discípulos de Juan: “¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro? Y respondiendo Jesús les dijo: vayan y refieran a Juan lo que han oído y visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios…” (Mt 11, 4-6).

Algunas de las características del Reino de Dios según aparecen en los sinópticos son las siguientes:

. el precepto del amor, síntesis de los mandamientos.

. superación de un espíritu ritual y leguleyo.

. importancia de la actitud interior y ausencia de hipocresía.

. llamada insistente a la pobreza espiritual y material.

. El reino está abierto a todos, especialmente a los pobres.

sábado, 11 de febrero de 2017

Una lágrima de amor

Murió una de las hijas de cierto señor muy rico, y según la costumbre de aquel tiempo pagó a muchas mujeres para que llorasen. La otra hija, sorprendida, se acercó a su madre y le dijo”

“Madre mía, ¿cómo nosotras, que tanto sentimos la desgracia, apenas lloramos, y esas mujeres, que ni siquiera conocían a la difunta se deshacen en llanto?”.

La madre le contestó:

“No te extrañe, hija mía; esas mujeres no lloran lágrimas, sino monedas, y ya sabes que las monedas son las lágrimas del rico.”

Esopo


“Esas mujeres no lloran lágrimas, sino monedas”.

Hay muchas clases de lágrimas. Pero hay lágrimas que brotan del profundo de un corazón que es amor. Son lágrimas de ternura, de compasión, de impotencia, de alegría.

¿Cómo serían las lágrimas de María?

María como madre lloró por su hijo y por toda la humanidad, preocupándose por todos. Ella es la Madre y como madre le preocupan los seres humanos, que son sus hijos.

Muchas son las advocaciones que reflejan este amor de María. De alguna manera, cada una de ellas es como una expresión de amor. Así podemos afirmar que el escapulario es una lágrima de amor de nuestra Madre la Virgen del Carmen, la Virgen de Julio, la Virgen del Escapulario.

El escapulario no es un amuleto que preserva mágicamente de las enfermedades. No es un talismán que por sí mismo nos atrae la gracia y protección de Dios. Es una prueba del maternal cuidado de María, quien dijo a San Simón Stock el 16 de Julio de 1251: “Recibe hijo mío este escapulario, prenda de salvación eterna para todos los que lo lleven”. El escapulario es, pues, un sacramental, es una señal de protección de la Madre de Dios.

Los últimos papas han elogiado esta devoción. Así Juan XXIII, siendo Nuncio en París, dijo a los Carmelitas de Avon: “Por medio del escapulario yo pertenezco a vuestra familia del Carmelo y aprecio mucho esta gracia como certidumbre de una especialísima protección de María…”

Juan Pablo II, decía en una carta del 14 de septiembre de 1981: “Desde nuestra infancia hemos estado tan estrechamente vinculados a…Santa Teresa de Jesús…, que pudimos conocer a los grandes santos de esta gran familia religiosa…Por eso quisimos hacernos Terciario del Carmen y dedicar la tesis doctoral, en Teología, a San Juan de la Cruz”.

María tiene que ser siempre camino para llegar a Jesús. Quien lleva el escapulario o la medalla escapulario, tiene que comprometerse a seguir a Cristo como la primera discípula, cumpliendo la voluntad de Dios en todas las circunstancias de la vida y obrando según la palabra del Señor.

Todos los que visten el Escapulario forman una gran familia, la familia del Carmelo, unidos por vínculos especiales de amor a María y a los hermanos.

sábado, 4 de febrero de 2017

Buscando a Dios


Dos hombres paseaban por el valle y uno, señalando hacia la montaña dijo:

“¿Ves esa ermita? Allí vive un hombre que hace ya mucho tiempo se apartó del mundo. Busca a Dios y no le interesa nada más sobre la tierra”.

El otro hombre contestó: “No encontrará a Dios hasta que no abandone su ermita y la soledad que lo envuelve, y regrese a nuestro mundo a compartir nuestra alegría y nuestro dolor, a bailar con nuestras muchachas en las fiestas de esponsales, y a llorar junto a aquellos que lloran alrededor del ataúd de nuestros muertos”.

El otro hombre quedó convencido, mas pese a ello, dijo:

“Concuerdo con lo que tú dices, pero creo que el ermitaño es un buen hombre. Y, ¿no podría ser que un solo buen hombre con su ausencia obrara mayores bienes que la aparente bondad de tanta gente?” (Gibran Khalil).


Dios es lo más importante; pero no existe un Dios abstracto, sino encarnado en el hermano. Por eso todos los caminos para llegar a Él son válidos. Para encontrarse con Él y vivir con Él, unos han escogido la soledad; otros, el compartir con el mundo las alegrías y tristezas.

“El Padre sale al encuentro de sus hijos en cualquier lugar, circunstancia y situación, en la oración silenciosa, pero, con frecuencia, Él se hace presente en los sucesos no planeados que se nos presentan, exigiendo de nosotros una respuesta definitiva. Son esos sucesos una interrupción de Dios que constantemente se cruza en nuestro camino y cancela nuestros planes al enviarnos personas con demandas y peticiones” (D. Bonhoeffer). En cualquier lugar podemos encontrarnos con gente que necesita nuestra ayuda y que exige de nosotros una respuesta.

En cualquier género de vida que se elija, se tiene que vivir orientado a Dios y hacia los demás. “La elección del cristiano es siempre en el fondo una elección hacia o para los otros” (Ratzinger). Hay que buscar a Dios en todos los lugares y ocasiones, pero hay que buscarlo como Jesús, haciéndose solidario con el otro, poniéndose a su mismo nivel. Para el cristiano la verdadera religión consiste en preocuparse por “los huérfanos y las viudas” (St 1,27). Y esta preocupación debe abarcar a todos, al que vive en la ermita y al que está enfrascado en medio del mundo. Los dos tendrán que tener los mismos sentimientos de Jesús, de acercarse y encarnarse en el hermano; los dos son necesarios e importantes, si es que de verdad buscan a Dios, pues todas las personas y cada una de ellas son imprescindibles en la construcción del Reino.

“Si la piedra dijese: una piedra no puede construir una casa, no habría casa. Si la gota dijese: una gota no puede formar un río, no habría río, no habría océano. Si el grano dijese: un grano no puede sembrar un campo, no habría cosecha. Si el ser humano dijese: un gesto de amor no puede salvar a la humanidad, nunca habría justicia, ni paz, ni dignidad, ni felicidad sobre la tierra” (Sobre una idea de “El Trigarral”)