sábado, 8 de abril de 2017

La sabiduría de la cruz


Hay muchas clases de cruces. Hay cruces de oro, de plata, incluso para condecorar con ellas algún mérito. Hay cruces inevitables: la edad, el clima, la convivencia, el trabajo.

Hay cruces de competición, cuando la persona aguanta más que nadie.

Hay cruces que te imponen los otros, por su forma de ser, porque no se dan cuenta…

Está la cruz que acompaña a cada profesión y vocación, la del deber, la del matrimonio…

Está la cruz del que sufre con amor y ayuda a los otros a llevarla. Y está la del que se resiste a tomar la cruz y sufre a regañadientes.

Existe la tentación de buscar una cruz a la medida, que no pese y que no caiga grande. Siempre la cruz de los otros parece mucho más pequeña que la nuestra, por supuesto.

Sin la cruz es imposible comprender quién es Jesús. Seguirlo significa estar dispuesto a darse uno mismo (Mc 8,35), a ser el último (Mc 9,35), a beber el cáliz y cargar con la cruz (Mc 10,38). La verdad es que todos los que han estado cerca de Jesús han participado del Calvario... y les ha tocado alguna astilla de la gran cruz.

Es necesario permanecer creyentes en medio de los sufrimientos, porque “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14,22). La fe, la esperanza y el amor son los únicos medios que tenemos para descubrir el sentido y la sabiduría de la cruz y llevarla como tantos otros que han seguido a Jesús.

Las cruces abundan por doquier en las mil y una situaciones de la vida ordinaria de todos conocidas y por muchos experimentadas.

Por eso quien ha descubierto la sabiduría de la cruz, le agradece a Dios todo: ¡la cruz y el amor. Papini, el gran convertido al catolicismo, sigue viendo en el mundo una gran Cruz invisible, plantada en medio de la tierra. “Bajo esa Cruz gigantesca, goteando sangre todavía, van a llorar y buscar fuerzas los crucificados en el alma… y que todos lo Judas no han podido desarraigar”.

La cruz es sinónimo de cualquier clase de sufrimiento, dolor, bien del cuerpo como del alma: enfermedades, soledades, injusticias, muertes…¿Por qué la cruz, de dónde viene el mal? El sufrimiento nos viene de la misma naturaleza, por las leyes físicas o de nuestros pecados: envidia, avaricia, lujuria…

Si somos seguidores de Jesús, no ha de faltarnos la cruz. Cada persona tiene una forma de llevarla. San Juan de la Cruz, que supo de cruces y desprecios, que buscó el padecer y ser despreciado, también conoció la cruz a secas, la saboreó y la abrazó. Cuenta su biógrafo, fray Alonso de la Madre de Dios, que “orando ante una imagen de pincel muy lastimosa de Cristo nuestro Señor con la cruz a cuestas le habló el mismo Señor por medio de la imagen y le dijo: ‘Fray Juan, ¿qué quieres te conceda por lo que por mí has hecho?’ A lo cual respondió: ‘Señor, concededme que padezca yo trabajos y sea menospreciado por vos”. La cruz tiene que servirnos para acercarnos a Dios y a los otros, para hacernos mansos y humildes de corazón. Nos ayudará a encontrar sentido a la cruz recordando:

León Felipe en un poema dedicado a “La Cruz” escribe:

“Hazme una cruz sencilla, carpintero… 

sin añadidos ni ornamentos, 
que se vean desnudos los maderos, desnudos… 
y decididamente rectos: 
los brazos, en abrazo hacia la tierra, 
el astil disparándose a los cielos”.

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